Mostrando entradas con la etiqueta América. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta América. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de mayo de 2020

ECONOMÍA Y PROPAGANDA DURANTE LA GRIPE ESPAÑOLA

Celebramos hoy el 1º de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, en un contexto extraño. Muchas personas llevan semanas sin poder acceder a un trabajo digno y tampoco pueden salir a la calle a manifestarse por sus derechos, a consecuencia de las medidas de confinamiento decretadas en todo el mundo, por culpa de la epidemia de coronavirus. 
La Historia nos enseña que en el pasado existieron otras situaciones similares, en las cuales la enfermedad afectó tan profundamente al desarrollo de las actividades productivas, que casi provocó el colapso total de la civilización. Autores recientes como Jared Diamond y Yuval Harari han señalado numerosos ejemplos de ello. Pero seguramente sea la epidemia de Gripe Española de 1918 la que pueda darnos más pistas, por su semejanza con la enfermedad que hoy nos acecha. En términos cuantitativos, sin embargo, no hay punto de comparación. La pandemia de 1918 es considerada la más catastrófica de la humanidad pues se estima que mató a casi 50 millones de personas; las muertes provocadas por el coronavirus apenas llegan a las 234.000 en todo el mundo, a día de hoy. 
La primera imagen que reproducimos aquí hace referencia a la psicosis social desatada por el miedo al contagio de gripe entre la población norteamericana. Se trata de una viñeta de humor negro publicada por el dibujante Gaar Williams en el periódico Indianapolis News, en 1918. En ella, una alegoría de la muerte, vestida como un cowboy, se sienta junto a un pasajero aterrorizado en un vagón de tren y le pregunta, expectante, qué tal le van las cosas. El pie de foto recomienda abrir las ventanas y el pasajero trata de mantener el distanciamiento social como medida de protección básica.
A pesar del apellido español con que se bautizó a aquella gripe, su origen estuvo en una base militar estadounidense de Kansas, donde el 4 de marzo de 1918 se diagnosticaron los primeros casos. La infección pasó rápidamente a Europa, que se hallaba en las últimas fases de la Primera Guerra Mundial, y a España, donde provocó 300.000 muertes hasta que desapareció en 1920. España no participó la guerra, por haberse declarado neutral, y sus medios de comunicación no estuvieron sometidos a la censura impuesta por los gobiernos de otros países, que no querían desmoralizar a sus tropas ni mostrar debilidad ante el enemigo. Por eso la prensa española difundió sin filtros noticias e informes sobre la gripe, lo que trajo como consecuencia la creencia generalizada de que su origen estuvo en la Península Ibérica. 
He seleccionado otros dos documentos gráficos, que quizás no tengan un valor artístico sobresaliente, pero resultan de gran interés para conocer cómo afectó la Gripe Española a la sociedad norteamericana de la época. Se trata de dos carteles propagandísticos que pretendían alertar a la población sobre los peligros de la pandemia. El poster titulado Coughs and sneezes spread diseases («las toses y los estornudos propagan enfermedades»), forma parte de una campaña promovida en 1918 por el Public Health Service, y muestra en primer término a un trabajador fuerte y sano, dispuesto a impedir que la productividad se vea amenazada; de ello dependían tanto los soldados que iban a combatir en la Primera Guerra Mundial como el resto de la población que permaneció en el país. El otro poster, dibujado por Cooper, es mucho más explícito en la amenaza de la gripe, personificada con unas manos negras terminadas en garras, que apresan una gran cantidad de obreros junto a una fábrica. La leyenda recuerda que la pandemia casi logró detener el desarrollo de la producción industrial en 1918, y que aquello no puede volver a suceder.
Nos encontramos hoy en la misma tesitura; los gobiernos se debaten entre la conveniencia de impedir que la población se exponga al coronavirus y la necesidad de reanimar la actividad económica, para evitar un colapso total del sistema. Con ese fin están proponiendo diversos planes de desescalada, más o menos precisos, que acaben con el confinamiento y permitan a la gente regresar a sus puestos de trabajo, algo indispensable para su propia supervivencia y la de toda la sociedad. El riesgo es evidente, pero el freno total de la economía solo conducirá a una crisis global de magnitud y duración impredecibles. La pregunta, al fin y al cabo, es sencilla: ¿conseguiremos en algún momento recuperar la normalidad o tendremos que aprender a vivir y a trabajar con una enfermedad que, probablemente, se vuelva recurrente? El mundo lo logró después de 1918, a pesar de una cantidad infinitamente mayor de muertos, así que hay hueco para la esperanza.


lunes, 27 de agosto de 2018

LA ESCLAVA AMERICANA


Esta estatua de bronce de tamaño natural representa una muchacha negra encadenada, lista para ser transportada al mercado de esclavos de América. Fue originalmente realizada en yeso por el escultor John Bell para la Royal Academy de Londres, en 1853. Su primer título, Una hija de Eva, fue modificado en 1862 para la Exposición Internacional de Londres, donde fue presentada como respuesta a la Guerra de Secesión norteamericana, que dirimía precisamente la cuestión de la esclavitud. Posteriormente la estatua fue adquirida por el Primer Barón de Armstrong, Lord William George Armstrong, que la colocó en su mansión de Cragside en Northumberland, al norte de Inglaterra. Desde entonces ha estado siempre en el mismo lugar: en una hornacina de la escalera principal, que conecta el vestíbulo de entrada y el primer piso de la casa.
La muchacha es mostrada con el torso desnudo, apenas cubierta por un trapo, con los brazos caídos y atados con unas cadenas. La rodilla ligeramente levantada y el leve balanceo de la cadera provocan un grácil contraposto, que acentúa la sensual hermosura del cuerpo femenino. La extraordinaria finura de las piernas y los brazos, el modelado liso y la pretensión de retratar el ideal de belleza dentro de los cánones académicos hacen de esta escultura una obra de concepción marcadamente clásica. Sin embargo, el cabello ensortijado, el trapo de tela gruesa, y los apliques de otros metales introducidos para figurar las cadenas y los pendientes, modifican el acabado para hacerlo más cercano a la cruda realidad. Además, el rostro apenado y profundamente resignado de la muchacha hacen pensar en un tema más alejado de los ideales clásicos. La esclava americana es, en realidad, muy parecida al dibujo satírico La esclava virginiana de John Tenniel, que fue publicado en la revista crítica Punch en junio de 1857. En ambos casos estamos ante un fuerte alegato contra la esclavitud. 
El estado de opinión favorable a los derechos civiles de los negros había aumentado en todo el mundo occidental desde principios del siglo XIX, cuando se dictaron las primeras disposiciones legales que limitaban la importación de esclavos de África. A partir de entonces proliferaron sociedades (muchas de ellas religiosas puritanas y cuáqueras) en contra de la esclavitud, que propusieron todo tipo de soluciones para atajar el problema, entre otras la devolución de los negros a África. En este proceso de concienciación ejercieron una poderosa influencia las publicaciones de Mark Twain y novelas muy populares, como La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher-Stowe. La Proclama de Emancipación del Presidente Lincoln fue además una de las principales causas de la Guerra de Secesión, así que la esclavitud era una cuestión de enorme importancia en la sociedad, no sólo en Estados Unidos sino también en otros países como Inglaterra.
Entre los más firmes abolicionistas británicos se encontraba precisamente el propietario de Cragside. Lord Armstrong (1810-1900) fue un importante industrial y científico de Newcastle-upon-Tyne que alcanzó gran notoriedad en la segunda mitad del siglo XIX por sus inventos en el campo de la mecánica, la artillería y la construcción naval. Su compañía se hizo cargo de los acumuladores y motores hidráulicos que ponían en funcionamiento los levadizos del famoso Tower Bridge de Londres. La mansión de Cragside, que edificó, junto con el arquitecto Richard Norman Shaw, fue la primera casa en el mundo iluminada por hidroelectricidad. Pero además de todo esto, Lord Armstrong fue un gran filántropo que fundó la universidad de Newcastle, en 1871, además de otras instituciones científicas y tecnológicas.
La colocación de esta estatua de la joven esclava en la escalera de su casa debe ser entendida entonces como un permanente recordatorio, que quiso hacerse a sí mismo, sobre la necesidad de luchar en todo momento por una sociedad más justa e igualitaria. En cuanto a la escultura por sí misma, plantea una interesante reflexión ética no solo acerca de la esclavitud sino también acerca de los propósitos del arte en el mundo contemporáneo. El propio escultor, John Bell, también estaba a favor del abolicionismo. 

MÁS INFORMACIÓN:

viernes, 19 de junio de 2015

EL VALLE DE YOSEMITE

Aprovechando que ayer se publicaba la encíclica del Papa Francisco sobre el medio ambiente, merece la pena recordar la importante aportación que los pintores paisajistas del siglo XIX realizaron para la valoración de la naturaleza. Su actitud de profundo respeto, casi más bien de veneración, hacia el paisaje contribuyó a la gestación de una conciencia conservacionista en la sociedad que ha perdurado con mayor o menor fortuna hasta el día de hoy. Esta conciencia se desarrolló especialmente en aquellos países que por entonces aún guardaban espacios naturales vírgenes, apenas explorados por el hombre, como los Estados Unidos de América. La belleza de aquellos lugares, difundida por un buen número de artistas, hizo ver la necesidad de compaginar el respeto al medio ambiente con el progreso económico de la sociedad contemporánea.
A mediados del siglo XIX, los Estados Unidos se encontraban aún en el proceso de expansión territorial que les llevaría hasta la costa Oeste. Sólo algunos pioneros se habían aventurado por las sierras de California y Oregón. Entre ellos destacó el naturalista escocés John Muir, quien alertó de la sobreexplotación que empezaba a sufrir la zona como consecuencia de la colonización y la Fiebre del Oro. Muir, junto con el prohombre Galen Clark y el senador John Conness, logró que el presidente Lincoln firmase en 1864 un acta especial de protección para la reserva natural de Yosemite, en California. Esta decisión se convirtió en un precedente para que en 1872 el gobierno federal designara a Yellowstone, en Wyoming, como el primer parque nacional de los Estados Unidos.

 

En este contexto hay que entender la pintura que reproducimos aquí, realizada por Albert Bierstadt en 1865, justo un año después del acta de Lincoln. Se trata de un cuadro de gran formato (162 × 244 cm) que se exhibe en el Birmingham Museum of Art (Alabama), y que representa el Valle de Yosemite al atardecer. La imagen está tomada desde uno de los extremos del valle, con el sol ocultándose tras el acantilado rocoso de El Capitán. El efecto luminoso no sólo sirve para acrecentar la belleza y el lirismo de la escena sino también para permitir que se distinga mejor el perfil en forma de artesa, que delata el origen glaciar del valle. Enfrentado a El Capitán aparecen otras moles graníticas que se recortan sobre el cielo, tachonado de nubes rosadas y anaranjadas. Por su parte, el fondo plano del valle, que se aleja en perspectiva, muestra la rica biodiversidad de las praderas y bosques en torno al río, sobre el cual se refleja la luz a modo de espejo. El resultado conmueve y apabulla al mismo tiempo al espectador, porque le sitúa frente a la inmensidad de una naturaleza salvaje, que es también profundamente armoniosa.
Los recursos estéticos utilizados por Bierstadt entroncan directamente con los conceptos de lo pintoresco y lo sublime, característicos del paisajismo romántico, pero su técnica se asemeja mucho a la de los pintores topográficos que acompañaban las exploraciones científicas de los siglos XVIII y XIX. El artista, de origen alemán, viajó a las Montañas Rocosas en 1859 y a California en 1863, realizando una gran cantidad de dibujos y pinturas que, por su grandiosidad, tuvieron un impacto memorable en la retina de los espectadores. La burguesía acomodada de la Costa Este de los Estados Unidos sentía una gran curiosidad por las maravillas de aquellas tierras desconocidas, y se convirtió en un cliente habitual de la obra de Bierstadt. Éste solía describir en numerosas cartas los mismos paisajes que pintaba, como por ejemplo en este pasaje publicado en el catálogo de la exposición Explorar el Edén. Paisaje Americano del Siglo XIX, que se celebró en el Museo Thyssen de Madrid en el año 2000:

«Las montañas son muy hermosas; vistas desde la llanura se parecen mucho a los Alpes de Berna, una de las cadenas montañosas más espectaculares de Europa, por no decir del mundo. Son formaciones graníticas, igual que las montañas suizas, y sus afiladas crestas, cubiertas de nieve y en las que se ensartan las nubes, forman un decorado del que disfrutaría enormemente contemplándolo cualquier amante del paisaje. Hay muchos elementos de este escenario que nos recuerdan a nuestras montañas de New Hampshire y de Catskill, pero cuando miramos hacia arriba para medir los poderosos cortados que se elevan a cientos de pies por encima de nosotros, todos cubiertos de nieve, nos damos cuenta de que nos hallamos ante una categoría diferente de montañas.»

El comentario incluido en este mismo catálogo hace un paralelismo entre este tipo de textos y la estrategia visual empleada para los cuadros. Como la audiencia no conocía el Oeste americano, el artista intentaba describirlo comparándolo con otros términos familiares; por eso la analogía entre las Rocosas y los Alpes, o incluso las montañas de la Costa Este. Sin embargo, la majestuosidad y espectacularidad de aquellos paisajes los hacía verdaderamente incomparables. Al final de su carrera, Albert Bierstadt se vio superado por el cambio de gusto hacia el impresionismo, y su obra fue criticada por considerarse excesivamente teatral. Murió en Nueva York completamente olvidado, pero su legado sirvió para dar a conocer la belleza de algunos de los más importantes parques naturales de los Estados Unidos, así como la necesidad de conservarlos.

MÁS INFORMACIÓN:
https://www.artsbma.org/january-2014-looking-down-yosemite-valley-california/

martes, 24 de febrero de 2015

EL LIENZO DE TLAXCALA

El llamado Lienzo de Tlaxcala es una tela de algodón de 5 m de largo por 2 m de ancho, que fue pintada a la aguada por un artista tlaxcalteca desconocido, alrededor del año 1552. Fue encargado por las autoridades coloniales españolas durante el gobierno del virrey de la Nueva España, Luis de Velasco, con el objetivo de representar sumariamente la conquista de México y dar muestras de su fidelidad a la monarquía hispánica. Precisamente Tlaxcala había sido una de las mayores aliadas de Hernán Cortés y participó en el asedio de la capital azteca, Tenochtitlán; por esta razón recibió el título de «Leal Ciudad» en 1535.

En su momento se hicieron tres copias de la obra: una se envió a España, a la corte de Carlos I, otra a México capital, y una tercera permaneció en Tlaxcala. Todas ellas se perdieron y hoy sólo se conservan copias posteriores, siendo la más importante la realizada por Alfredo Chavero en 1892. Por cierto, que una reproducción de esta última puede admirarse durante estos meses en la excelente exposición Itinerario de Hernán Cortés, en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid. 
El lienzo narra de forma secuenciada diversos episodios de la conquista de México, siguiendo el esquema de una historieta o cómic. Estilísticamente, mezcla aspectos de la tradición precolombina y el arte occidental. Ejemplo de ello es la escena superior, que representa la llegada en procesión de cuatro grupos de nobles tlaxcaltecas para unirse a los españoles. La mirada de todos los personajes se dirige al centro de la composición, donde se sitúa el escudo imperial de Carlos I, símbolo de la dominación política española, y una gran cruz cargada de elementos iconográficos cristianos, en referencia a la evangelización de aquellas tierras. La representación de los nobles tlaxcaltecas, con sus vestimentas indígenas y sus penachos de plumas, sigue la tradición artística precolombina, que contrasta con la imagen de los castellanos, sentados en sillas de madera y vestidos de negro. Las figuras, en todo caso, siguen un perfil prácticamente idéntico y repiten un mismo patrón de poses y gestos, de tal forma que apenas se diferencian por los colores, los tocados y ciertos detalles.

Bajo esta escena principal se desarrolla la historieta sobre la conquista de los aztecas, que se lee cronológicamente de izquierda a derecha y de arriba abajo. El lenguaje visual es directo y sencillo, los sucesos son fácilmente identificables, así como los personajes protagonistas (sobre todo Hernán Cortés y la intérprete Doña Marina), y en todas las escenas se incluyen letreros con topónimos y alusiones que ayudan a la comprensión. La composición es bastante rígida, sobre todo en el tercio inferior. Se basa en una rejilla formada por 87 cuadros o viñetas ortogonales, dispuestas en filas y columnas de la misma medida. Los primeros 48 cuadros relatan los episodios centrales de la conquista, que se inicia con la llegada a Tlaxcala de los emisarios de Cortés, seguido del recibimiento de las tropas castellanas, la conversión al cristianismo de varios indígenas y el acuerdo de alianza con los tlaxcaltecas; continúa la Matanza de Cholula, la entrada en Tenochtitlán, la entrevista con Moctezuma y la huída en la «Noche Triste»; por último, la reorganización de las tropas en Tlaxcala, el asalto a Tenochtitlán y la derrota del emperador Cuauhtémoc, gracias a la alianza con los tlaxcaltecas. Los siguientes 49 cuadros muestran la participación tlaxcalteca en la conquista de otros territorios de México (Pánuco, Occidente, Sinaloa) y de Guatemala.
La estricta regularidad de la composición solo se rompe con tres escenas de formato apaisado, situadas en la zona media. La primera está en la tercera fila y ocupa el largo de tres viñetas estándar para mostrar la marcha de las tropas españolas secundadas por los totonacas. Las otras dos se localizan en la quinta fila, de forma simétrica a ambos lados del eje central, y ocupan el largo de dos viñetas. La de la izquierda refiere el homenaje de varios caciques a Cortés, a quien está traduciendo la Malinche mientras le ofrecen numerosos presentes; la de la derecha representa la expedición de Cortés por los caminos de Chalchicueyecan, con un nivel de detallismo que permite distinguir cómo varios grupos de indígenas transportan grandes fardos, otros perecen ahogados en un río y alguno es severamente castigado por el capitán español.
En resumen, el Lienzo de Tlaxcala es una obra de extraordinario valor documental para conocer el desarrollo de la conquista de México. La razón de esto no estriba únicamente en la minuciosidad con que se describen cada uno de los sucesos, sino en que estos están contados desde el punto de vista de los indígenas tlaxcaltecas. Ello constituye una fuente de información de gran interés, que complementa los datos ofrecidos por otras fuentes como la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, las Cartas de relación escritas por el propio Hernán Cortés, y Historia general de las Indias de Francisco López de Gómara. Por otra parte, el lienzo constituye un claro antecedente del cómic actual, que algunos autores han denominado acertadamente «arte secuencial».

FUENTE:

miércoles, 29 de octubre de 2014

EL PROGRESO AMERICANO



Este cuadro, de mediocre factura técnica pero fuertes connotaciones simbólicas, se titula El Progreso Americano y fue realizado alrededor de 1872 por el pintor alemán John Gast. Es una representación alegórica del denominado Destino Manifiesto de la nueva nación estadounidense, consistente en su expansión territorial desde el Atlántico hasta llegar a la costa del Pacífico. En la escena, una gigantesca mujer blanca, rubia, vestida con una volátil túnica inflada por el viento, se dirige desde un puerto hacia el interior del continente, secundada por carretas, diligencias, trenes y grupos de pioneros, mientras los indios y los animales salvajes huyen despavoridos.
La mujer ha sido frecuentemente identificada como Columbia, una personificación femenina de los Estados Unidos cuyo nombre viene a significar la «Tierra de Cristóbal Colón». El nombre de Columbia fue utilizado por primera vez en 1738, en el semanario de debates del Parlamento Británico, y pudo haber sido acuñado por el escritor inglés Samuel Johnson. Columbia se encuentra en mitad de la composición, viniendo desde la zona iluminada del cuadro, lo que parece indicar que trae consigo la luz de la civilización; lleva un libro, que hace referencia a la expansión de la cultura occidental, y va tendiendo un cable telegráfico a medida que avanza hacia la zona izquierda del cuadro, la cual permanece aún apagada por una oscuridad tormentosa. El mensaje es simple y unívoco: la colonización blanca permite el progreso económico y sociocultural del Oeste americano, iluminando los negros nubarrones de la ignorancia y la incivilización.
La llamada Conquista del Oeste tuvo su origen en la Doctrina Monroe («América para los americanos»), promulgada por primera vez por el presidente James Monroe, en 1823. Respondía al Destino Manifiesto de adueñarse del interior del continente norteamericano, lo cual fue justificado por la clase política y asumida con extraordinaria ilusión por el pueblo norteamericano. Este movimiento colonizador simbolizó el triunfo del individualismo y de la democracia, fundamentado en la búsqueda igualitaria de oportunidades para obtener la prosperidad, aunque fuera a costa de exterminar a los indios nativos.
Los pioneros tuvieron que luchar solos para salir adelante frente a las adversidades, y esa inquebrantable iniciativa coadyuvó a la formación del carácter propio del hombre y la nacionalidad norteamericanos. Diversos autores han apuntado al mito de la frontera, como elemento catalizador de esta loca carrera hacia el Oeste, porque los colonizadores se autoimpusieron la tarea de atravesar ríos, praderas, montañas, desiertos, etc., en busca de una meta que no encontraron hasta que alcanzaron la costa del Pacífico, en California. Sus motivaciones fueron muy variadas: búsqueda de nuevas tierras para el desarrollo de la ganadería, establecimiento de granjas y haciendas para la explotación agrícola, prospección de metales preciosos (sobre todo a partir de la Fiebre del Oro generada en California y Alaska en 1848), etc. Todo ello fue facilitado por la construcción del ferrocarril, que en 1869 consiguió conectar la costa Atlántica con la del Pacífico, mediante el primer tren transcontinental, el Union Central Pacific. Así lo describía el pensador francés Alexis de Tocqueville a mediados del siglo XIX.
 
«Trece millones de europeos civilizados se extienden tranquilamente por desiertos fértiles, de los cuales ellos mismos desconocen los recursos y la extensión de un modo exacto. Tres o cuatro mil soldados empujan delante de ellos la raza errante de los indígenas, y detrás de los hombres armados avanzan leñadores que rompen las selvas, espantan las fieras, exploran el curso de los ríos y preparan la marcha triunfante de la civilización a través de aquellos desiertos.
Por lo general, se figura la gente que los desiertos de América se pueblan con los emigrados europeos que todos los años arriban al Nuevo Mundo, al paso que la población americana crece y se multiplica en el territorio que ocuparon sus padres, lo cual es una gran equivocación […] Son los propios americanos quienes abandonan con frecuencia el lugar de su nacimiento y van a crearse vastas posesiones a lo lejos. Así es que el europeo deja su cabaña para ir a habitar en las riberas trasatlánticas, y el americano, que ha nacido en estas mismas riberas, se interna en las soledades de la América Central. Este doble movimiento de emigración no se detiene nunca […] millones de hombres marchan a la vez hacia el mismo punto del horizonte; su lengua, su religión, sus costumbres difieren, su fin es común. Se les ha dicho que la fortuna se hallaría en cualquier punto hacia el Oeste, y se les rendiría […]
Así, pues, el emigrado de Europa siempre arriba allí a un país a medio habitar, en donde faltan brazos para la industria; se hace un obrero acomodado; su hijo va a buscar suerte en un país vacío, y llega a ser un propietario rico. El primero amontona el capital que hace valer el segundo, y no existe casi la indigencia ni entre los extranjeros ni entre los naturales.»

La expansión hacia el interior se inició pocos años después del nacimiento de los Estados Unidos como nación, y tuvo un doble carácter. En unos casos fue planificada desde el gobierno federal y ejecutada por medio de distintos tipos de acciones, que fueron desde la compra de territorios hasta la anexión imperialista de áreas que pertenecían a otras naciones, como México. En otros casos se debió más bien a la iniciativa privada, que fue presionando al gobierno para que liberalizara la adquisición de tierras y expulsara de ellas a los indios, con el fin de hacer posible su ocupación. Como consecuencia de ello, la población indígena fue diezmada a lo largo del siglo XIX, y hasta cuarenta millones de búfalos fueron sacrificados para consumir sus pieles y su carne. La pérdida de estos animales, que constituía un recurso económico fundamental para los indios de las llanuras, fue un duro golpe para su supervivencia.
A pesar de estos aspectos profundamente negativos, la Conquista del Oeste fue uno de los factores decisivos que contribuyó al fortalecimiento de la nueva nación. Igualmente ayudó a cicatrizar las heridas de la Guerra de Secesión (1861-1865). El rápido desarrollo de sus industrias, la colonización de extensos territorios y la llegada incesante de oleadas de inmigrantes europeos constituyeron motivos para distraer la atención del resentimiento acumulado tras la contienda bélica. El papel de estos inmigrantes, ajenos a lo ocurrido pocos años atrás, no ha sido todavía suficientemente valorado como intermediarios inconscientes entre los enemigos de la misma nación. La Conquista del oeste sirvió así, en última instancia, y después de mucho sacrificio, para estrechar lazos entre los Estados de la Unión, diluyendo las diferencias que antes los separaban y ayudando a la consolidación de la nación americana. 

 

viernes, 19 de julio de 2013

EL DINTEL 24 DE YAXCHILÁN

Esta obra maestra del arte maya procede del yacimiento arqueológico de Yaxchilán (Piedras Verdes), situado en la cuenca del río Usumacinta, en el Estado mexicano de Chiapas. Forma parte de una serie de tres paneles de piedra caliza que decoraban el dintel de la puerta central de la denominada Estructura 23. El sitio fue documentado y excavado por primera vez en 1882, por el explorador inglés Alfred P. Maudslay, razón por la cual este dintel, el nº 24, junto con el nº 25 y otras piezas arqueológicas también provenientes de Yaxchilán, se conservan hoy en el Museo Británico de Londres; el tercer dintel de la serie, el nº 26, está depositado en el Museo Nacional de Antropología de México.
La Estructura 23 de Yaxchilán pertenece al Período Clásico Tardío y está dedicada a K'ab'al Xook, esposa del rey Escudo-Jaguar II. Es un edificio especialmente significativo porque fue el primero que se construyó en la ciudad después de un intervalo de 150 años de inactividad edilicia. Su ornamentación comprende un programa iconográfico centrado en la refundación de Yaxchilán y la legitimación del gobierno de la dinastía de Escudo-Jaguar. Con este objetivo representa al rey y a la reina dando cumplimiento a diversos rituales religiosos, desarrollados para conmemorar su ascensión al trono.
La escena que muestra el dintel nº 24 está relacionada con la obligación que tenían los soberanos mayas de verter su propia sangre para apaciguar a los dioses. A la derecha, arrodillada, se encuentra la reina Xook en el acto de pasarse una cuerda espinosa por un agujero practicado en la lengua mientras su esposo el rey Escudo-Jaguar la alumbra con una antorcha llameante. Las púas de obsidiana de la cuerda son claramente visibles aunque no tanto el derramamiento de sangre, limitado a unos tenues regueros alrededor de la boca de Xook. En el suelo, no obstante, hay preparado un cesto con unas tiras de papel cuya función es recoger las gotas de sangre del sacrificio. Por su parte, la antorcha que porta el monarca nos revela que el ritual está teniendo lugar en la oscuridad de la noche o en el interior de un templo.
El relieve posee algunas de las características más destacadas de la escultura maya: el borde rectangular que enmarca toda la composición, la diferencia de plano entre las figuras y el fondo rehundido, la representación de las figuras de perfil, la técnica del bajorrelieve para marcar los volúmenes, la coloración con pigmentos (se observan restos de azul maya, turquesa y rojo), y la introducción de elementos de escritura jeroglífica que documentan la obra. En este caso concreto, los glifos tallados en el lateral izquierdo contienen el nombre y los títulos de la reina K'ab'al Xook, mientras que los de la esquina superior indican la fecha exacta en que tuvo lugar el sacrificio (24 de octubre del año 709), y el nombre de la ciudad-estado de Yaxchilán.  
En la estructura socio-religiosa de los mayas, los reyes actuaban como intermediarios entre los dioses y el pueblo llano. El rol del monarca como nexo de unión entre la esfera divina y la humana se expresaba en múltiples aspectos. Su vestimenta incluía muchos atributos de dioses, no con la intención de disfrazarse de ellos sino de adoptar su identidad divina. Además, debían efectuar rituales públicos, cuya función era influir favorablemente en el destino de toda la población. Así, en su papel de dioses, ejecutaban danzas dramáticas sobre la creación del mundo y sobre otras grandes historias de la mitología mesoamericana. También se exhibían públicamente en las principales ceremonias y en ocasiones consumían sustancias alucinógenas para entrar en trance e inducir visiones acerca del Más Allá. La participación de los soberanos era siempre considerada como el punto culminante de la vida religiosa de los mayas.
Pero el ritual más importante al que estaban obligados era el sacrificio de sangre real. Los soberanos varones se perforaban la lengua, los lóbulos de las orejas o los genitales con aguijones de manta raya, con alfileres de hueso o con puntas de obsidiana para extraerse sangre. Por su parte, las reinas se pasaban una cuerda espinosa por un agujero abierto en la lengua, como hemos visto que hacía la dama Xook. La ofrenda de sangre debía empapar por completo unas tiras de papel que luego se colocaban en unos incensarios especiales. Allí se mezclaban con incienso, resinas y otros productos para producir un humo sagrado que debía servir de alimento a los dioses.
La inmolación, el autocastigo y los sacrificios humanos eran una constante en la religión maya, al igual que en otras culturas precolombinas y también de otras latitudes geográficas. Desde el punto de vista de la antropología, los ritos pretenden sobre todo garantizar la cohesión social y mantener el orden establecido mediante la realización de actos colectivos, que refuerzan los sentimientos de pertenencia a la comunidad. En aquellas sociedades en las que la lucha por la supervivencia es especialmente dura, con frecuencia se desarrolla una mitología basada en divinidades terribles, caprichosas y vengativas. Por esta razón los dioses deben ser aplacados e inspirados de forma positiva para favorecer la prosperidad de los hombres. Es una forma simbólica de explicar por qué el mundo es tan cruel y la vida resulta tan complicada. Y así lo creían los mayas.

MÁS INFORMACIÓN:

viernes, 12 de octubre de 2012

EL TESORO DEL SEÑOR DE SIPÁN

Aprovechando la festividad del Día de la Hispanidad, inauguramos hoy una nueva sección de nuestro blog dedicada al arte de América, con la intención de tender puentes y vías de interrelación con los amigos que nos siguen al otro lado del Atlántico.
Entre las numerosas civilizaciones que se desarrollaron en aquel continente antes de la llegada de los españoles, destaca por su riqueza y elevado nivel de sofisticación la cultura Moche o Mochica. Los mochicas se extendieron por una amplia franja desértica entre los Andes y la costa norte del Perú, durante los siglos I y VIII de nuestra era, es decir, más de diez siglos antes de que los poderosos incas conquistasen esta región. Las condiciones del medio físico eran poco favorables pero los mochica las transformaron mediante la explotación de los recursos marinos y la creación de un complejo sistema de canales que aprovechaba el agua de los ríos para la irrigación de sus cultivos, concentrados a la manera de pequeños oasis. De esta forma desarrollaron una agricultura fértil, establecieron redes comerciales con Chile y Ecuador, construyeron ciudades de adobe de más de 10.000 habitantes, levantaron grandes monumentos con forma de pirámide escalonada («huacas») y se organizaron siguiendo una creciente complejidad social. Entre sus aportaciones más significativas destacan su cerámica, de extraordinaria belleza, y sus avanzadas técnicas metalúrgicas y orfebres, en particular la capacidad para dorar el cobre utilizando un procedimiento desconocido, que no pudo ser imitado en Europa hasta la invención de la electrólisis a finales del siglo XIX.
Uno de los testimonios más completos del universo cultural mochica es la tumba-santuario del Señor de Sipán, descubierta en 1987 por el arqueólogo peruano Walter Alva. Lo fabuloso del hallazgo no fue únicamente que la tumba perteneciera a un personaje de gran relevancia sino que la tumba se encontró intacta, razón por la cual conservaba un abundante y valioso ajuar funerario. La tumba se localiza en uno de los antiguos centros urbanos del valle de Sipán, en la parte central de una plataforma de unos 12 m de altura, construida con adobe. Detrás de esta plataforma se levantan dos grandes pirámides de casi 40 m de altura y 100 m de base, que en conjunto formaban el centro religioso y político más importante de la región. La representatividad arquitectónica está relacionada con la importancia de la religión y la creencia en la vida eterna, pero también con la intención de justificar el sistema social mochica, que estaba fuertemente jerarquizado.
El Señor de Sipán era un poderoso guerrero moche que murió en el año 200 d. C. Mediante un sofisticado ritual funerario, su cuerpo fue embalsamado, adornado con joyas preciosas y enterrado en el centro del santuario, rodeado por otras ocho personas que fueron sacrificadas a propósito para que le acompañasen en su viaje al Más Allá. Los sacrificios humanos fueron relativamente frecuentes en la América Precolombina, y también entre los mochica, ya que solían realizarse como una forma de aplacar la ira de los dioses. La disposición de los acompañantes en la tumba siguió un patrón simbólico relacionado con el ritual funerario. En torno al Señor se encontraron ataúdes con los restos de dos hombres y dos mujeres, que los arqueólogos han interpretado como un jefe militar, un portaestandarte, la esposa principal del Señor y una dama de la corte. En un nivel inferior se hallaba otra mujer joven, un niño de unos diez años con un perro, y varias llamas sacrificadas.
En cuanto al tesoro o ajuar, hay que diferenciar entre los numerosos objetos colocados en diversas partes del santuario y los ornamentos personales del Señor, que fueron incorporados a su sarcófago. Los primeros son principalmente vasijas de cerámica para guardar ofrendas alimenticias. Los segundos son diversos tipos de emblemas y atuendos usados en vida por el Señor para diversas ceremonias políticas o religiosas: un par de coronas de cobre dorado, diademas de oro, un casco de cobre y fibras, varios pectorales de concha, un collar de discos de oro, otro representando cabezas humanas de plata, un cuchillo de oro y otro de plata, tres narigueras de oro y una de plata, varios tejidos de algodón, tocados de pluma, puntas de lanza, dardos, estandartes, sonajeros, conchas y caracoles, un brazalete de turquesa, orejeras de oro y turquesa, un cetro de oro, etc. Las piezas más significativas son las de orfebrería, realizadas con piedras preciosas y metales como oro, plata y cobre dorado. A la hora de ser depositados en la tumba se siguió de nuevo una ordenación simbólica: los objetos de oro a la derecha del Señor, y los de plata a la izquierda.
Entre las obras maestras incluidas en este ajuar funerario se encuentra la orejera circular que reproducimos aquí. Se trata de un ornamento de iconografía política, que representa al propio Señor de Sipán flanqueado por dos guerreros. La figura central ostenta en oro sus atributos de poder, que son una especie de corona, una máscara o protector facial, un escudo y un cetro rematado por una pirámide invertida, mientras que el tocado de la cabeza, las orejeras y el vestido son de turquesa. Por su parte, los guerreros de los lados están trabajados en turquesa con incrustaciones de oro.
Otra pieza digna de mención es un ornamento de oro, en realidad un protector coxal, con la imagen de la divinidad principal de la religión mochica, Ai Apaec. Este protector tiene aproximadamente un kilo de peso y el Señor de Sipán debió lucirlo al final de su espalda con motivo de las ceremonias religiosas celebradas en lo alto de las pirámides. Ai Apaec era un dios castigador, adorado como el supremo justiciero o «decapitador», pero también como «hacedor» y protector, pues era quien proveía de agua, alimentos y victorias militares al pueblo moche. En este caso la representación sigue una iconografía característica, que presenta al dios como un ser antropomorfo de mirada terrible y colmillos felinos, con serpientes en las manos.



En resumen, la tumba del Señor de Sipán supone uno de los hallazgos arqueológicos más significativos de la historia de América porque fue la primera que se encontró de un gobernante moche y una de las más ricas de todo el continente. Hoy puede admirarse en el Museo de las Tumbas Reales de Sipán, en Lambayeque, y en una excelente exposición itinerante que pudo visitarse hasta el mes pasado en la ciudad de Cádiz, nombrada Capital Iberoamericana de la Cultura durante el año 2012.


MÁS INFORMACIÓN:
http://www.naylamp.gob.pe/mtrsPage.html
 

viernes, 3 de diciembre de 2010

ALEGORÍA DE LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Este grabado alusivo a la Conquista y Evangelización de América por España es una de las imágenes más sugestivas que adornan el libro Rhetorica Christiana, publicado en la imprenta de Jacopo Pretruccio, en Perugia, en el año 1579. El autor del texto y de las imágenes fue Fray Diego Valadés, un erudito franciscano, hijo de una indígena tlaxcalteca y de un conquistador extremeño enrolado en las huestes de Hernán Cortés durante la invasión de México. Valadés se educó dentro de la tradición humanística importada por los franciscanos a través de las primeras instituciones pedagógicas fundadas en la ciudad de México, y luego como discípulo y secretario del misionero Pedro de Gante, de quien aprendió el arte del dibujo y del grabado. Consumado lingüista y políglota, hablaba perfectamente el castellano, el náhuatl y el tarasco, y llegó a ser el primer mexicano capaz de publicar un libro en Europa.
La Rhetorica Christiana es una obra enciclopédica escrita en latín, en la que Diego Valadés refirió diversos aspectos etnológicos sobre los indígenas mesoamericanos, y desarrolló una serie de argumentos teológicos sobre su naturaleza y su capacidad para abrazar la fe cristiana. Desde este punto de vista defendió los métodos evangelizadores de las órdenes mendicantes, en especial de los franciscanos, de manera que el libro es tanto un tratado teológico como un análisis de las prácticas misioneras realizadas en el área de México a mediados del siglo XVI. Por esta razón posee un extraordinario valor histórico, antropológico y pedagógico, y la imagen que aquí presentamos es un buen ejemplo de ello. Se trata de un grabado hecho en cobre, en el que se representa una carabela, la típica embarcación española del siglo XVI, surcando las olas del mar. Del navío destacan poderosamente los pabellones de proa y popa, profusamente armados con cañoneras, y sobre todo el palo mayor, convertido en un gigantesco crucifijo que otorga al dibujo una extraordinaria carga simbólica. La carabela es un claro exponente de los adelantos científicos y técnicos, que permitieron a los españoles atravesar el Océano Atlántico y arribar al Nuevo Mundo a principios de la Edad Moderna. Los cañones hacen referencia a la potencia militar de los conquistadores, que se impusieron con facilidad a los indígenas gracias a sus armas de fuego. Y el mástil con Jesucristo crucificado vincula la conquista a un influyente proceso de aculturación basado en la difusión del Cristianismo.
En antropología, se define aculturación como el proceso consistente en la modificación de los modelos culturales y de las pautas de comportamiento de dos grupos sociales o etnias distintas, que se produce por el contacto directo o la transmisión de información entre ambos. En ocasiones, el intercambio entre los dos grupos sociales es equitativo y da lugar al mestizaje, pero durante la conquista de América lo que se produjo mayormente fue el colonialismo o imposición de la cultura española dominante sobre las culturas indígenas, consideradas deleznables o inferiores. De esta forma, las costumbres y tradiciones de los pueblos precolombinos fueron progresivamente sustituidas y finalmente olvidadas.
La difusión del Cristianismo se convirtió sin ninguna duda en el medio de aculturación más importante desarrollado en América durante los siglos XVI y XVII. De hecho, las expediciones de conquista no se justificaban por los intereses políticos de la monarquía española, sino como auténticas cruzadas emprendidas para combatir el paganismo o la idolatría, y extender la verdadera fe cristiana. Por eso las tropas iban normalmente acompañadas de frailes franciscanos, dominicos, agustinos o jesuitas, que se establecieron rápidamente en los territorios conquistados para iniciar la predicación, fundar diócesis y conventos, y celebrar los primeros bautizos. Además, los misioneros se esforzaron en aprender las lenguas indígenas, a través de las cuales pudieron transmitir mejor sus sermones y catecismos. La creación de escuelas para los hijos de los caciques contribuyó eficazmente a la propagación de la doctrina, porque los que recibieron esta educación ejemplificaron su conversión al cristianismo o incluso se convirtieron en predicadores, influyendo sobre el resto de la población nativa.
Pero el ideal de cruzada también legitimó religiosamente la violencia contra los pueblos amerindios, no sólo durante la batalla sino también durante el proceso de colonización. Así, a la ocupación de territorios, siguió la destrucción de sus templos y de sus dioses, para finalmente obligar a la conversión. Los atropellos no se suavizaron hasta que se conocieron las denuncias vertidas por el dominico Fray Bartolomé de las Casas, quien abogó por dar un trato más humano a los nativos. Como consecuencia de ello, el Emperador Carlos I promulgó las Leyes de Indias o Leyes Nuevas, en 1542, que pusieron a los indígenas bajo la protección de la Corona de España. A partir de entonces, el proceso de aculturación de América adquirió un talante más positivo, basado en la humanización de las condiciones de vida mediante la aceptación de valores profundamente evangélicos, como la práctica de la caridad, el amor y el servicio al prójimo. Ello no impidió, por un lado, que se siguieran cometiendo abusos, y por otro, que los propios indígenas mezclaran en ocasiones los dogmas cristianos con sus propios mitos y tradiciones religiosas. En cualquier caso, no cabe duda de que la conquista y la evangelización de América cambiaron profundamente la faz de aquel continente.

MÁS INFORMACIÓN:
http://www.archive.org/stream/rhetoricachristi00vala#page/n3/mode/2up

Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.