Este
gran cuadro de historia, de 340 x 620 cm, que se encuentra en el edificio
histórico de la Universidad de Barcelona, fue ejecutado por Dionís Baixeras i
Verdaguer en 1885. Fue encargado para decorar el Paraninfo, como parte de un
ambicioso programa iconográfico destinado a representar grandes momentos de la
Historia de España. El tema que desarrolla es una recreación imaginada del
esplendor político, cultural y científico del Califato de Córdoba en el momento
de su mayor grandeza, que coincidió con el largo reinado de Abd al‑Rahman III (912‑961).
La
escena representada podría aludir a uno de estos dos episodios concretos: la
recepción del monje Juan de Gorze, embajador de Otón I el Grande, que visitó
Córdoba en torno al año 953 para consolidar relaciones diplomáticas entre el
Califato y el futuro Sacro Imperio Romano Germánico o, más probablemente, la
visita del monje Gerbert d’Orlhac, el futuro papa Silvestre II, lo cual
entroncaría con el ambiente cultural catalán de la época en que se encargó el
cuadro. En todo caso, el cuadro funciona como una síntesis visual de la
suntuosidad de la civilización árabe en Andalucía.
Compositivamente,
el autor situó en el centro la entrevista del califa con los delegados
cristianos. El primero está sentado en un diván mientras que los otros aguardan
de pie, lo que sirve para mostrar fehacientemente sus diferencias de rango,
vestimenta y actitudes. Alrededor del monarca se distribuyen otros notables
musulmanes y al fondo destacan fuertemente iluminados una serie de banderas y
arcos de herradura, que remiten al Salón Rico del palacio de Medina Azahara y
conforman un marco arquitectónico fastuoso. En este sentido, la arquitectura
constituye una afirmación visual del poder de los Omeyas y adquiere un valor
simbólico porque es la materialización del orden, la estabilidad y la
magnificencia del Estado. En coherencia con ello, el califa aparece no solo
como gobernante, sino como figura central que irradia autoridad y prestigio,
subordinando el resto de los elementos. De hecho, los grupos de personajes
situados a ambos lados aparecen en penumbra. Su importancia iconográfica
estriba en que son una representación alegórica de las artes, la música, la
literatura y las ciencias, que ilustran precisamente el refinamiento de la
corte califal.
Conservamos una abundante documentación sobre el proceso de ejecución de esta pintura gracias a los sucesivos veredictos pronunciados por el jurado que convocó el concurso para la decoración del Paraninfo de Barcelona. En la evaluación de los primeros bocetos, ya se daba como ganador a Baixeras y se decía lo siguiente:
«El n.9 es sin duda el que ha estado más acertado, pues ha simbolizado el cultivo de las ciencias y las artes colocando a la derecha agrupaciones de figuras que representan el estudio de las ciencias físicas y naturales, a la izquierda y en el centro, los artistas, especialmente los dedicados a la cerámica; en la parte central del fondo, la solemne recepción de una de las brillantes embajadas que se presentaron al Califa, solicitándole su amistad y reconociéndole su poder, y por último, en el mismo fondo a la derecha, una poetisa recitando ante una reunión literaria.»
Así pues, el jurado valoró el esfuerzo del artista por emplear alegorías de la sabiduría y de la belleza con el objeto de representar la expresión del poder del Califa. Sin embargo, exigió introducir algunos cambios para lograr una mayor claridad compositiva:
«Como se ve, el autor de esta alegoría se ha esforzado por abarcar en la composición las distintas fases de tan amplio tema, lástima que para lograrlo […] no haya tenido presentes las descripciones que hacen nuestros buenos historiadores de la corte del anciano Abderrhamann III, que en el apogeo de su gloria tenía en el palacio de Meruan o en la maravilla de Medina Zahara, convertida su corte en un liceo o academia perpetua, viéndose no solo rodeado de sabios, sino también de mujeres que eran literatas y artistas, y cuyos distinguidos nombres ha conservado la historia. Además hubiera sido oportuno hacer patente en esta alegoría el carácter fastuoso y galante de la corte del Califa y caracterizar más la composición recordando algunos de los preciosos modelos que ha dejado en España la arquitectura árabe.»
Los
cambios incorporados, que pueden apreciarse en la imagen, fueron la
organización ordenada de los personajes en grupos triangulares y cuadrados, una
representación arqueológica más fidedigna de la arquitectura califal, una
iluminación más definida que enriquece el ambiente con sutiles claros y
sombras, una mayor presencia de mujeres cultas a la izquierda, la
preponderancia de los estudios de química y medicina a la derecha, que relegan
la cerámica a un gran jarrón trasero, y un estudio más completo de las poses y
los gestos.
Desde
una lectura decimonónica, la pintura de Baixeras se implicó en el debate sobre
la identidad nacional. Al exaltar el Califato de Córdoba como una etapa de
hegemonía y prosperidad, proponía una visión integradora del pasado peninsular,
en la que al‑Ándalus se
presentaba como componente esencial de un legado cultural compartido. Así, el
lienzo muestra una lectura compleja: como reconstrucción histórica, como
alegoría de las artes y las ciencias, y como reflexión sobre el poder
civilizador de la cultura.
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