viernes, 28 de septiembre de 2012

LA REINA HATSHEPSUT ENTRE HORUS Y THOT


La reina Hatshepsut es uno de los personajes más controvertidos del Antiguo Egipto. Hija del gran conquistador Tutmosis I, se convirtió en la Gran Esposa Real de su hermanastro Tutmosis II pero no llegó a concebir un heredero varón, lo que la colocó en una difícil posición. A la muerte de su esposo, las intrigas de palacio pretendieron legitimar como heredero al futuro Tutmosis IIII, hijo del faraón y de una de sus concubinas. Sin embargo Hatshepsut tomó la iniciativa y, con el pretexto de la minoría de edad del heredero, orquestó un hábil golpe de estado que le aupó a una regencia con el beneplácito del clero y de una parte de la élite política.
Para justificar la situación, Hatshepsut se valió de una consulta al oráculo de Amón y además pospuso indefinidamente el matrimonio entre su hija, la princesa real Neferura, y Tutmosis III. Si Tutmosis III no entroncaba con el núcleo familiar de la XVIII dinastía jamás podría legitimar su ascenso al trono, y por eso Hatshepsut hizo todo lo posible por alejarle de la princesa. De esta forma se autoproclamó faraón del Alto y Bajo Egipto, y se intituló hija primogénita del dios Amón, asumiendo entre otros los nombres Hatshepsut Jenemetamón («La primera de las nobles damas unida a Amón»). Más aún, asumió los atributos masculinos de su cargo y se hizo representar con una barba postiza, como si fuera un hombre.
La regencia-reinado de Hatshepsut duró más de veinte años, entre 1479 y 1458 a.C., y fue un período especialmente floreciente en la historia de Egipto, caracterizado por una intensa labor artística y constructiva. Además del Templo de Satet en la Isla Elefantina, y la Capilla Roja del Templo de Karnak, destaca sobre todo su templo funerario en Deir al Bahari, obra del arquitecto real Senenmut. Este templo, semi-excavado en las montañas cercanas a Tebas, es seguramente uno de los más espectaculares y originales de la arquitectura egipcia del Imperio Nuevo.
Recientemente, en el año 2007, ha sido correctamente identificada la momia de Hatshepsut. Ésta había sido descubierta en 1903 en una pequeña tumba del Valle de los Reyes denominada KV60, adonde probablemente se había trasladado desde su sepultura original. La momia fue entonces almacenada en el tercer sótano del Museo Egipcio de El Cairo, y aunque había claras sospechas sobre su identidad, los arqueólogos no se habían pronunciado de manera rotunda. La aparición de un molar en un vaso funerario que llevaba el nombre de la reina, y que se encontró en el templo de Deir el-Bahari, dio la pista definitiva, porque a la momia del Museo de El Cairo le faltaba precisamente un molar. Comprobado que la muela encajaba a la perfección en la mandíbula, posteriores análisis de ADN y varios escáneres confirmaron la hipótesis. Según el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades Egipcias, el doctor Zahi Hawass, el descubrimiento de la momia de Hatshepsut es «el más importante en la egiptología desde 1922, fecha del hallazgo de la tumba del faraón Tutankhamon por el británico Howard Carter».
La imagen que comentamos hoy es un relieve del Templo de Karnak que mostraba a la reina Hatshepsut secundada por los dioses Horus y Thot. Las representaciones de Hatshepsut en Karnak utilizan una elocuente iconografía política que pretende legitimar su posición en el trono, subrayando su linaje real (como heredera de sangre de Tutmosis I) y su condición divina (como hija del dios Amón). En esta escena los dioses están derramando un líquido vital sobre la reina, formado por ankh o llaves de la vida, en lo que constituye un positivo augurio de felicidad para la vida eterna y, también, una forma de propaganda política. El ritual de vivificación al que es sometida Hatshepsut refuerza la noción de teogamia o generación divina, pero a la vez parece indicar que son los dos dioses los que agasajan a la reina. La elección de los mismos tampoco es casual: Horus es el protector de la monarquía y Thot el dios de la escritura que certifica todo lo que acontece.
Pues bien, el retrato de la reina ya no se aprecia en el relieve. A la muerte de Hatshepsut, fue minuciosamente picado por orden de su sucesor, Tutmosis III. Esta acción no fue la única de estas características. Tutmosis suprimió los cultos en el templo funerario de Hatshepsut, mandó derribar todas sus estatuas, borró otros muchos relieves en los que aparecía representada la reina y ordenó desmontar su santuario de la barca en el Templo de Karnak. Todo ello con la finalidad de hacer olvidar la regencia de Hatshepsut. Esta conducta se denomina damnatio memoriae (en latín, «condena de la memoria»), y fue una práctica habitual no sólo en Egipto sino también en la Antigua Roma. Consiste en suprimir el recuerdo de un enemigo del Estado tras su muerte, eliminando todo cuanto recordara al condenado. La desaparición de las imágenes de Hatshepsut demostraba tanto un deseo de hacer borrón y cuenta nueva como la aplicación de un severo castigo contra la reina, por considerarla una usurpadora del poder real.
El resultado de la damnatio memoriae es la destrucción intencionada de monumentos y obras artísticas, y puede estar motivado por razones políticas, pero también ideológicas o religiosas. En el mismo Templo de Karnak subsiste un conjunto escultórico en uno de los patios laterales del templo, que fue mutilado por sacerdotes coptos en los primeros siglos de nuestra era, con la intención de representar una crucifixión. De esta forma se pensaba eliminar el politeísmo del Antiguo Egipto e instaurar en su lugar la verdadera fe cristiana, convirtiendo lo que era un templo pagano en una iglesia. Ambos son ejemplos que atestiguan el deseo de borrar de la memoria sucesos precedentes, al igual que se pretende seguir haciendo en la actualidad. Pero la consecuencia última de todo esto es la pérdida irreparable del patrimonio histórico-artístico.

domingo, 16 de septiembre de 2012

LOS GRABADOS DEL CASTILLO DE CARLISLE

El castillo de Carlisle es una gran fortaleza normanda, mandada construir por Guillermo II en 1093 sobre un antiguo fuerte romano junto al Muro de Adriano. La finalidad de esta construcción fue asegurar el dominio inglés sobre la región de Cumbria y expulsar a los escoceses al otro lado del Muro. Las alternativas de la guerra entre Escocia e Inglaterra durante la Edad Media, provocaron que el castillo fuera sucesivamente ocupado por unos y por otros, que se encargaron de reforzarlo y ampliarlo en varias ocasiones. Las obras más importantes tuvieron lugar en 1122, por orden de Enrique I de Inglaterra, y en 1135, a cargo de David I de Escocia.
El conjunto consta de extensas murallas que albergan varios patios, barbacanas y torreones. La torre central del castillo dispone de tres pisos en los que se distribuían las salas nobles y otras dependencias para el aposento de los señores feudales. En las paredes y en la puerta de una de las saletas del último piso hay grabadas una serie de figuras esquemáticas, fechadas en el siglo XV. No son obras de arte extraordinarias por su calidad, ya que se trata más bien de garabatos esgrafiados de forma muy tosca, pero entrañan una enorme curiosidad por la forma en que se realizaron. Al parecer, fueron tallados por los soldados que custodiaban la torre mientras estaban de guardia. Se conservan grabados similares en otros castillos de Inglaterra, como los de Dover y la Torre de Londres, pero aquéllos son más tardíos y fueron realizados por prisioneros.
La temática de los grabados de Carlisle es diversa y puede dividirse en dos grandes grupos. Los más burdos representan cuadrúpedos y otros animales representados de forma dispersa, y probablemente son los más antiguos. En cambio otras figuras, más finamente talladas, incluyen un amplio repertorio de elementos heráldicos como el león del escudo de armas de Inglaterra y otros emblemas pertenecientes a los alcaides del castillo y otros señores de Carlisle. Se ha reconocido, por ejemplo, la rosa blanca de la Casa de York, un salmón coronado alusivo a la noble familia de los Dacre, y un jabalí blanco, que era el símbolo personal del Duque de Gloucester, el futuro rey Ricardo III. La explicación más plausible es que todas estas figuras se realizaran como testimonio de la lealtad de los guardias a sus señores feudales. Por consiguiente, hay que entenderlas dentro del contexto sociocultural del vasallaje medieval.
Además de las mencionadas, hay otras representaciones de tema religioso, como una crucifixión, y otras cuya iconografía resulta más difícil de interpretar, como la de una misteriosa figura que viste un extraño yelmo. Otras parecen conectadas entre sí con la intención de narrar historias de carácter satírico o moralista, como una en la que se ve un zorro predicando a unas gallinas y otra de una sirena con un espejo. Los hombres que tallaron estas figuras manifestaron grandes dosis de creatividad, en un ambiente en el que las artes y las letras eran poco valoradas.
Los grabados de Carlisle son una muestra singular de arte popular, en la que podemos apreciar la importancia de los símbolos y los pictogramas en una época en la que la mayoría de la gente corriente era analfabeta. Su interés estriba más en este último aspecto que en su valor artístico real y desde luego forman un conjunto de lo más pintoresco.

martes, 10 de julio de 2012

EL RETRATO DEL REY ENRIQUE VIII

Este famoso retrato del rey Enrique VIII de Inglaterra es sin duda una de las obras más emblemáticas de la propaganda política de la dinastía Tudor. Es un gran cuadro de 2,3 x 1,3 m copia de un original perdido de Hans Holbein el Joven, que se conserva en la Walker Art Gallery de Liverpool. El original de Holbein fue destruido por un incendio en 1698 pero es bien conocido a través de las numerosas versiones y copias realizadas por el propio taller del maestro y por otros artistas de menor calidad, que fueron distribuidas como regalos entre los nobles y diplomáticos de la corte. Entre las más conocidas se encuentran las de Parham House, Petworth House, Chatsworth House, el Trinity College de Cambridge, Belvoir Castle, la Weiss Gallery de Londres y la Colección Real del Castillo de Windsor, además de un boceto preparatorio dibujado a grisalla por Holbein, que se guarda en la National Portrait Gallery de Londres. Todas estas representan a Enrique VIII de cuerpo entero, igual que en el cuadro de Liverpool que reproducimos aquí, y que seguramente es el mejor de todos. Existen además otras versiones en las que el rey aparece con la misma pose pero sólo de cintura para arriba.
La fecha de realización del cuadro es posterior a 1537 porque se basa en el modelo que hizo Holbein para decorar con un gran mural la cámara privada del rey, en el Palacio de Whitehall. Esta obra, conocida precisamente como el Mural de Whitehall, fue encargada a Holbein durante el breve matrimonio de Enrique VIII con su tercera esposa, Jane Seymour. Su objetivo fue reforzar la continuidad política de la dinastía Tudor mediante la representación de sus dos iniciadores, Enrique VII e Isabel de York, junto con su hijo el propio rey Enrique VIII y su tercera esposa, que daría a luz al ansiado heredero varón, el futuro Eduardo VI. El mural, del que incluimos abajo una copia realizada por Remigius van Leemput para el palacio de Hampton Court, en 1667, mostraba una iconografía muy efectiva que fue sucesivamente imitada en los siglos XVI y XVII, siendo el retrato de Enrique VIII su elemento más difundido.
El monarca está representado con una indumentaria y unas joyas extraordinariamente opulentas pero no se acompaña de ninguno de los atributos reales característicos (la corona, la espada, el cetro o el orbe). Su condición de majestad se muestra en cambio por su apostura, soberbia y agresiva, con las piernas abiertas firmemente apoyadas y la mirada desafiante dirigida al espectador. Los brazos se disponen en jarras, como los de un guerrero o un luchador, pero una mano sostiene un guante mientras que la otra se acerca a una suntuosa daga. El retrato combina, pues, una elocuente demostración de poder y de masculinidad con el lujo y la sensibilidad artística de un príncipe del Renacimiento. A este respecto, resulta interesante compararlo con la descripción que hizo del rey un embajador de la corte de Venecia apenas una década antes.
«Su Majestad tiene veinte y nueve años y un aspecto muy hermoso. La naturaleza hubiese podido a duras penas favorecerle más. Es más bello que ningún otro soberano de la Cristiandad, aún más que el rey de Francia; muy rubio y, en conjunto, lo mejor proporcionado que pueda haber. Cuando supo que el rey Francisco tenía la barba rubia, quiso que la suya fuese igual, y como era en realidad de color rojo, ha acabado por tener una barba que se parece al color del oro. Es un príncipe muy cumplido; buen músico, buen compositor, un caballero de los mejores, magnífico justador; sabe hablar bien el francés, el latín y el español; es muy religioso, oye tres misas por día y algunos hasta cinco; oye también el oficio divino, habitualmente en la habitación de la reina, es decir, vísperas y completas. Es gran aficionado a la caza y no vuelve jamás de ella sin haber cansado ocho o diez caballos [...] Es afable, gracioso y cortés como nadie; no ambiciona conquistas y reduce su ambición a la conservación de sus propios dominios […] A esto conviene añadir que es el soberano mejor vestido que haya en el mundo; sus vestidos son tan ricos y soberbios como se puedan imaginar, y no hay día de fiesta que no se los ponga nuevos.»
Ciertamente, Enrique VIII representaba a la perfección el ideal de príncipe humanista, tal como lo habían descrito Castiglione o Maquiavelo, entre otros. Era muy culto y versado en Teología, inteligente, de carácter extrovertido, diplomático, orgulloso, promiscuo, amante de las diversiones, gran atleta, cazador, músico y, en su juventud, extraordinariamente apuesto. Promovió todas las formas del arte y, a pesar de su tendencia al autoritarismo, gobernó de acuerdo con el parlamento velando por los intereses de Inglaterra. Sin embargo, más allá de sus virtudes, en la memoria colectiva permanece su carácter irascible y la extrema crueldad con que trató a la mayoría de sus seis esposas.
Obviamente, la pintura analizada pretendió resaltar los aspectos más positivos del monarca y en aras de la propaganda política escondió varios de sus defectos. Por ejemplo, en comparación con las armaduras que se conservan de Enrique VIII, sus piernas eran mucho más cortas que como se ven en la imagen. El rey aparece además joven y saludable, cuando en realidad ya sobrepasaba la cuarentena y sufría terribles dolores a consecuencia de una grave herida que se produjo años atrás en un torneo. Holbein alteró estos aspectos y enfatizó la majestad del personaje, creando un retrato idealizado con un potente valor icónico que aún perdura en la actualidad. La cantidad de versiones y copias realizadas posteriormente a partir del original se justifica precisamente en el valor emblemático de la obra, convertida en una de las imágenes prototípicas de los Tudor y quizás el retrato más célebre de todos los monarcas británicos.

Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.