miércoles, 14 de diciembre de 2016

GOETHE EN LA CAMPIÑA ROMANA

Esta imagen del escritor Johann Wolfgang von Goethe es un óleo sobre lienzo de 164 x 206 pintado en 1787 por el artista alemán Johann Heinrich Wilhelm Tischbein. Conservado inicialmente en colecciones privadas, un siglo más tarde fue incorporado al Städel Museum de Frankfurt y hoy es una de las pinturas más conocidas de Alemania, no sólo porque es un retrato fidedigno de Goethe, sino porque constituye una de las representaciones más paradigmáticas del movimiento romántico.


El cuadro representa al famoso autor de Fausto de cuerpo entero, reclinado sobre unas ruinas y rodeado por varios objetos arqueológicos, como son un relieve y un capitel clásicos que están parcialmente cubiertos por la vegetación. Su actitud es relajada, a la vez que solemne, y su mirada se dirige pensativa hacia un punto indeterminado fuera del marco, a la derecha. Detrás suyo se extiende la llanura romana por la que discurre la Via Appia, cerrada por suaves colinas al fondo y salpicada aquí y allá de construcciones pintorescas, como un castello circular, varias casas y lo que parece ser un templo antiguo con columnas. Las referencias al mundo clásico con evidentes, tanto por las ruinas arqueológicas como por la propia vestimenta del escritor, que cubre su atuendo de viajero del siglo XVIII con una suerte de túnica blanca similar a la de los antiguos romanos.
Como era habitual entre la nobleza y la alta burguesía de la época, Goethe realizó un Grand Tour a Italia, impulsado por el deseo de conocer la cuna del arte universal. Este tour era un viaje que tenía por una parte una finalidad de exploración geográfica y aprendizaje cultural, y por otra un carácter de rito iniciático que había que pasar antes de alcanzar la madurez. Goethe partió de Karlsbad en septiembre de 1786 con un nombre falso, para evitar ser reconocido como el autor de la novela romántica Las desventuras del joven Werther (1774), que por entonces se había convertido en un auténtico best-seller. A su llegada a Roma se encontró con el pintor Tischbein, con quien se había carteado previamente. Tischbein le trató con mucha cordialidad y le sirvió de cicerone, ayudándole a descubrir los monumentos y los escenarios más hermosos de la Ciudad Eterna y de su entorno. Juntos realizaron numerosas visitas al Vaticano, al foro romano y a varias iglesias donde eran recibidos como dos extranjeros ilustrados, deseosos de contemplar las glorias de la antigua Roma. También hicieron breves excursiones por los alrededores para explorar las ruinas de la Vía Appia, la Pirámide Cestia y otros vestigios arqueológicos. Así lo contó el propio Goethe en su diario de viaje, con fecha 11 de noviembre de 1786:

«Hoy he visitado la gruta de Egeria, después el circo de Caracalla, las tumbas derruidas a lo largo de la Via Appia y la tumba de Metella, esta sí, una construcción sólida. Aquellos hombres trabajaban para la eternidad, todo se había previsto, menos la demencia aniquiladora de ciertas personas, a la cual nada resiste.»

El tema de la ruina fue recurrente en el arte y en la literatura romántica. Se enmarca dentro de una concepción nostálgica y profundamente devota del pasado histórico. El pasado, en especial la antigüedad clásica, siempre aparece sobrevalorado como ejemplo superior de la excelencia humana, imposible de comprender ni emular. Más adelante, en la misma entrada del diario, Goethe añadía lo siguiente sobre el Coliseo:

«Por la tarde nos llegamos al Coliseo, empezaba a oscurecer. Cuando lo contemplas, todo lo demás te parece pequeño, es tan grande que su imagen no te cabe en el alma; lo recuerdas como si sus proporciones fueran menores, y cuando vuelves de nuevo aparece más grande.»

A lo largo de su relación, Goethe apreció cada vez más la destreza artística de Tischbein, destacando sus dibujos de la Ciudad Eterna. Es interesante comprobar el paralelismo existente entre los bocetos de Tischbein y las notas del diario de Goethe; cuando el pintor representa ruinas, el escritor se lamenta de la destrucción voraz ocasionada por el paso del tiempo, que nos privó de aquellas maravillas. Los dos artistas compartieron, en fin, un sincero y apasionado interés por el estudio del arte y la arquitectura romanas. Desde ese punto de vista, hay que entender el retrato de Goethe como un meditado ejercicio de reflexión sobre lo aprendido en el Grand Tour. Volviendo al diario del escritor, el 7 de noviembre de 1786 podemos leer una serie de pensamientos que bien podrían ser los que invadían su mente durante aquel instante, en la campiña romana:

«Me tomo mucho tiempo para las cosas más notables, me limito a abrir los ojos y ver. Voy y vuelvo, puesto que solo en Roma puede uno prepararse para lo que es Roma […] Se encuentran vestigios de una magnificencia y de una destrucción inconcebibles. Lo que los bárbaros dejaron en pie, lo han demolido los arquitectos de la Roma moderna.
Cuando percibes una existencia con una antigüedad de más de dos mil años, transformada de formas tan diversas y de modo tan radical y, no obstante, continúas pisando el mismo suelo, contemplando la misma colina, incluso a menudo la misma columna y la misma muralla que hace tanto tiempo, y cuando descubres en el pueblo vestigios del antiguo carácter, te conviertes en testigo de las grandes decisiones del destino, y así al observador le resulta al principio dificultoso discernir cómo Roma sucede a Roma, no solamente la ciudad nueva a la antigua, sino también cómo suceden las diferentes épocas de la Roma antigua y de la moderna […]
Y esta inmensidad repercute en nosotros de la manera más tranquila cuando recorremos Roma de una punta a otra con el objeto de visitar los objetos o lugares más relevantes. Si en otras ciudades hay que buscar los objetos dignos de interés, en Roma estos nos acosan y saturan. Adonde quiera que vayas, se revelan paisajes de todo tipo: palacios y ruinas, jardines y terrenos incultos, espacios ilimitados y espacios cerrados, casitas, establos, arcos de triunfo y columnas, a menudo todo ello tan cerca de sí que podría dibujarse en una sola hoja.»

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sábado, 10 de diciembre de 2016

EL LIBRO DE LAS AVES

Estas misteriosas imágenes que parecen sacadas de un «Expediente X» son en realidad una serie de miniaturas medievales recogidas en el Libro de las aves («De Avibus» en el latín original), escrito por clérigo francés Hugo de Fouilloy. Este manuscrito es al mismo tiempo un análisis exegético de la Biblia y un tratado moral sobre el comportamiento de los pájaros. Esta última parte está fundamentada a través de numerosas referencias a las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, que era una de las principales enciclopedias de la Edad Media y un compendio de todo el saber heredado de la Antigüedad Clásica. En el prólogo, Hugo de Fouilloy explica que el libro fue concebido como un texto educativo para los monjes del monasterio de St. Nicholas-de-Regny, del cual era su prior. Por esa misma razón se estima que fue realizado entre 1132 y 1152.
Las increíbles miniaturas que ilustraron De Avibus se hicieron muy populares y, por medio de más de un centenar de copias y versiones, acabaron formando parte de los bestiarios o colecciones de animales más conocidas del Medievo. Muchas constituyen retratos más o menos fidedignos de pájaros, según se conocían en la época a partir de las descripciones recogidas en la Historia Natural de Plinio el Viejo, o De natura rerum de Rabano Mauro. En cambio, otras imágenes, como las que reproducimos aquí, recrean imaginativamente seres fantásticos de fisionomía imposible. Estos monstruos aparecieron por primera vez en la literatura griega clásica (Herodoto, Ctesias, Megástenes), se desarrollaron y consolidaron en los tratados filosóficos romanos y fueron finalmente recogidos por San Isidoro en el libro III de sus Etimologías. Obsérvese el paralelismo entre la descripción escrita y las miniaturas:

«Los cynoscéfalos deben su nombre a tener cabeza de perro; sus mismos ladridos ponen de manifiesto que se trata más de bestias que de hombres. Nacen en la India. También la India engendra cíclopes. Y se les denomina cíclopes porque ostentan un ojo en medio de la frente. Se los designa también con el nombre de agriophagîtai porque solo se alimentan con carne de fiera. Se cree que en Libia nacen los blemmyas, que presentan un tronco sin cabeza y que tienen en el pecho la boca y los ojos. Hay otros que, privados de cerviz, tienen los ojos en los hombros. Se ha escrito que en las lejanas tierras de Oriente hay razas cuyos rostros son monstruosos: unas no tienen nariz, presentando la superficie de la cara totalmente plana y sin rasgos; otras ostentan el labio inferior tan prominente que, cuando duermen, se cubren con él todo el rostro para preservarse de los ardores del sol; otras tienen la boca tan pequeña, que solamente pueden ingerir la comida sirviéndose del estrecho agujero de una caña de avena. Dicen que hay algunas que no poseen lengua y utilizan para comunicarse únicamente señas o gestos. Cuentan que en la Escitia viven los panotios, con orejas tan grandes que les cubren todo el cuerpo… Según dicen, en Etiopía viven los artabatitas, que caminan, como los animales, inclinados hacia el suelo; ninguno supera los cuarenta años. Los sátiros son hombrecillos de nariz ganchuda, cuernos en la frente y patas semejantes a las de las cabras. Dicen que en Etiopía existe el pueblo de los esciopodas, dotados de extraordinarias piernas y de velocidad extrema. En Libia habitan los antípodas, que tienen las plantas de los pies vueltas tras los talones y en ellas ocho dedos.»

Plinio el Viejo consideraba estos seres producto de la ingenuidad y el desorden de la naturaleza. Lo cierto es que en el mundo antiguo y medieval los conocimientos científicos y geográficos eran limitados, entre otras razones porque en gran parte no habían sido contrastados por la experiencia. Fuera de los ecosistemas conocidos del Mare Nostrum Mediterraneum, apenas había pequeñas nociones del resto del mundo. A medida que los europeos desarrollaron viajes de exploración, rutas caravaneras e intercambios comerciales con otros países de África y Asia, aumentó el conocimiento de otros lugares, pueblos y ecosistemas naturales. A pesar de estos avances, la ciencia y la geografía medieval todavía incluía numerosas imprecisiones, tanto en sus descripciones escritas como en sus representaciones visuales.
Muchas de estas imprecisiones no se debían a las lagunas científicas de la época sino a la añadidura de elementos fantásticos o sobrenaturales, producto del miedo a lo desconocido y de una imaginación acrecentada por los relatos maravillosos de los viajeros. A raíz del conocimiento parcial transmitido por aquellos pocos que se habían acercado a otras realidades, los hombres de la Europa medieval creyeron en la existencia real seres monstruosos, hombres deformes, tribus de caníbales o personajes mitológicos, como las amazonas. Esto se explica por la falta de referencias con las que comprender racionalmente determinados fenómenos, así como por sus diferencias con respecto al mundo conocido. El caso es que, consciente o inconscientemente, promovió una conciencia profundamente etnocentrista, según la cual lo europeo era lo único que podía ser cabalmente explicado y aceptado por las convenciones morales, sociales y religiosas de la época. Percepción que, lamentablemente, continúa hoy entre aquellas personas estrechas de miras que son incapaces de mirar más allá de sus prejuicios y adentrarse por el camino de la exploración científica.

martes, 22 de noviembre de 2016

EL HOMBRE LEÓN DE STADEL


Esta curiosa figura antropomorfa es una escultura de poco más de 30 cm de altura, realizada en marfil de mamut y datada entre 40.000 y 32.000 años de antigüedad, según los especialistas. La figura fue descubierta hecha pedazos en la cueva de Hohlenstein-Stadel, en el estado de Baden-Wurtemberg (Alemania), en el año 1939. Los arqueólogos Robert Wetzel y Otto Völzing no pudieron estudiarla entonces, debido al inminente inicio de la Segunda Guerra Mundial, así que fue depositada sin más, en el museo de la ciudad de Ulm. La escultura cayó en el olvido hasta que fue redescubierta treinta años después, por Joachim Hahn, durante un inventario de las piezas del museo. Entonces fue ensamblada por primera vez y catalogada como un testimonio excepcional del arte y las creencias religiosas de la cultura Auriñaciense, enmarcada en el Paleolítico Superior.
En 1997 fue restaurada por Ute Wolf y Elisabeth Schmidt, y en 2012 terminó de reconstruirse con nuevos fragmentos encontrados en la misma cueva de Stadel por el arqueólogo Claus-Joachim Kind. La interpretación de la figura es compleja y se basa en analogías con otras representaciones simbólicas procedentes del mismo período. Tiene una relación evidente con las llamadas Venus y otras figurillas de pequeño tamaño fabricadas durante el Paleolítico Superior. También se han apuntado similitudes con algunas pinturas rupestres francesas, como las de la Cueva de Chauvet que muestran seres de aspecto híbrido, aunque su cronología no coincide.
El Hombre León de Stadel es una figura humana completamente erguida, con las piernas ligeramente separadas entre sí y los brazos colocados a ambos lados, a lo largo del cuerpo. Sobre el brazo izquierdo hay grabadas siete líneas horizontales paralelas, que pueden tener un efecto decorativo, pero probablemente también simbólico. La cabeza leonina es bastante realista, puesto que incluye una correcta representación del hocico y los ojos, además de dos pequeñas orejas en la parte superior. Los estudiosos discuten si se trata de un hombre o una mujer, debido a la existencia de una lámina triangular en la entrepierna y un pliegue del abdomen; la falta de melena no es tan significativa porque no suele aparecer en las representaciones de felinos prehistóricos. En todo caso, su género podría determinarse, más que por su apariencia formal, por el tipo de divinidad que pretende personificar (¿un espíritu guerrero o una fuerza generadora de vida?).
El Hombre León de Stadel ha sido recientemente comentado por Noah Y. Harari en su magnífico ensayo Sapiens. De animales a dioses (2015). Este autor ha señalado que la figura debió tener un papel significativo en el sistema de creencias ideado por los primeros Homo Sapiens de Europa. Desde su punto de vista, la capacidad imaginativa de crear un ser humano de aspecto híbrido con cabeza de león, que no existe en la realidad, demuestra el desarrollo de destrezas mentales de orden superior que deben ponerse en el contexto de una verdadera revolución cognitiva. Esta revolución cognitiva permitió a los Sapiens progresar en una línea de pensamiento simbólico, comunicación profunda y cooperación social mucho más avanzada que la de las especies precedentes de homo. La consecuencia de ello fue el origen del sentimiento religioso, de la mitología, de la estratificación social, del comercio y de la creación de complejas ficciones que empezaron a ser compartidas socialmente, dando origen en última instancia a las primeras sociedades protohistóricas.


MÁS INFORMACIÓN:
http://www.labrujulaverde.com/2016/06/el-hombre-leon-de-ulm-primera-escultura-prehistorica-teriomorfa-descubierta

https://paleorama.wordpress.com/2013/02/02/el-hallazgo-de-nuevas-piezas-retiran-al-hombre-leon-de-ulm-de-la-exposicion-del-museo-britanico/


Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.