viernes, 17 de julio de 2015

OBEY

Shepard Fairey es uno de los artistas más complejos y sugestivos salidos del universo del Arte Urbano desde de la década de los noventa. Nacido en 1970 en Charleston (Carolina del Sur), se formó como diseñador gráfico en California y en la Rhode Island School of Design (RISD). Actualmente trabaja tanto para las grandes marcas del mercado como para las galerías de arte y también de forma clandestina en la calle, lo cual nos lleva a una interesante reflexión sobre la posición del artista en la sociedad contemporánea. En el año 2008 se hizo mundialmente famoso por realizar una serie de carteles de propaganda electoral con el lema HOPE (esperanza) para la candidatura de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos.
Fairey fundó en 2003 un gran estudio-taller en Los Ángeles, en el que un amplio abanico de colaboradores imprime a escala industrial posters y pegatinas con sus diseños. Estilísticamente se inspira en el cartelismo político comunista de mediados del siglo XX, el cual satiriza con elevadas dosis de caricatura y de crítica social. En cuanto a la temática de sus obras, se relaciona con las revoluciones filosóficas y culturales de Mayo del 68, que fueron ampliamente revividas por el Arte urbano de finales de los noventa y principios del siglo XXI. En esa línea, Shepard Fairey defiende el derecho a utilizar el espacio público como un espacio para la expresión democrática de las ideas, y se muestra contrario a cualquier tipo de totalitarismo.
Desde esta perspectiva se entiende perfectamente su serie de carteles etiquetados con el slogan OBEY (obedece). El primero de esos carteles fue creado en 1989, cuando Fairey todavía estudiaba en la Escuela de Diseño. Tomó como modelo a un célebre luchador y actor de televisión de la década de los ochenta, conocido como André El Gigante, sintetizó sus rasgos faciales a partir de una fotografía y la serigrafió en pegatinas que distribuyó personalmente entre sus compañeros de clase. El retrato se acompañaba de unos números referidos al enorme peso y altura del personaje, y tenía una leyenda que decía «André the Giant has a posse» (en inglés, André El Gigante tiene una pandilla). El mensaje era amenazador, aunque no tenía ningún significado concreto, y tenía la intención de provocar al espectador y despertar su curiosidad.
Posteriormente realizó nuevas versiones del gigante, cada vez más minimalistas, y sustituyó la leyenda original por el slogan OBEY, que tomó de una película de ciencia-ficción de John Carpenter titulada ¡Están vivos! (1988). En esa película, un grupo de alienígenas se hace con el control de la Tierra mediante la manipulación de los medios de comunicación y el empleo de mensajes subliminales que tienen como objetivo inculcar la sumisión de las masas; sólo los portadores de unas gafas de visión de especial son capaces de advertir el engaño y descifrar la verdad oculta en la televisión y la publicidad. El cartel de Shepard Fairey se convirtió así en un símbolo del totalitarismo cultural, puesto que pasó a interpretarse como una orden directa («Obedeced al Gigante»), que generaba mayor impacto. A ello contribuyó la extraordinaria difusión del motivo, gracias a su distribución por correo, la edición de multitud de copias y versiones por otros artistas, y por supuesto el pegado masivo de carteles en espacios urbanos de todo el mundo. En conclusión, la imagen del gigante ha traspasado los límites de la obra de arte para convertirse en un verdadero fenómeno social, como explica el propio artista:
 
«Al principio sólo pensaba en la respuesta de mis compañeros de la escuela de arte y de mis colegas de patinaje. El hecho de que un gran segmento del público podría advertir, e incluso investigar, el significado inexplicado de las pegatinas fue algo que no había contemplado. Cuando empecé a ver las reacciones y a considerar las fuerzas sociológicas de la obra en relación al uso del espacio público, por la inserción de una imagen muy llamativa pero ambigua, pensé que había potencial para crear un auténtico fenómeno.»

El mismo slogan está presente en muchas otras obras de Shepard Fairey, en las que reflexiona sobre los mecanismos de control de las masas ejercidos por los poderes fácticos de la sociedad. Así ocurre en la imagen con que se iniciaba este post, un gran ojo que todo lo ve, evidentemente inspirado en el «Gran Hermano» de la novela 1984, de George Orwell. Para corroborar la sensación de observación-control, el rostro del gigante aparece enmarcado por una estrella comunista en mitad de la pupila, y en la parte superior del cartel puede leerse una leyenda que dice: «Obey, never trust your own eyes, believe what you are told» (en inglés: obedece, nunca confíes en tus propios ojos, cree lo que te digan).
Menos explícita pero seguramente más desasosegante es la última imagen. De nuevo aparecen el slogan y la estrella con el rostro del gigante, uno en cada esquina y coloreados de rojo, lo que sirve para contrapesar una composición muy efectiva. El motivo principal es, una vez más, un enorme ojo vigilante, esta vez marcadamente femenino y con una calavera en la pupila. La muerte nos vigila, aguarda su turno, y nos atrae hacia ella, oculta tras la belleza. Ese trágico final se intuye también a través de la lágrima de sangre que mana del ojo, en la zona central de la imagen. La referencia a la muerte se complementa porque en el interior de la lágrima hay dibujado un caduceo médico invertido, en el que la serpiente enroscada, por cierto, parece el símbolo del dólar. Belleza, dinero, control, muerte. ¿Es este el terrible destino de la sociedad occidental?

jueves, 9 de julio de 2015

EL ABRAZO


El Abrazo es un gran cuadro de Juan Genovés que se guarda entre los fondos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Es un lienzo de 151 x 201 cm pintado con acrílico en el año 1976, a partir de un cartel diseñado dos años antes por el mismo artista para Amnistía Internacional. La imagen, titulada originalmente Amnistía, fue un claro testimonio de cómo el arte podía asumir una postura de compromiso social y pronto se convirtió en un icono de la Transición Española hacia la democracia.
Genovés empleó un lenguaje plástico de gran modernidad, inspirado tanto en el Pop-Art crítico como en el periodismo fotográfico del siglo XX, para construir una imagen simbólica de la reconciliación nacional tras la muerte de Franco. Muestra un grupo de unas quince personas que corren con los brazos abiertos al encuentro de los otros. La visión de espaldas y la monocromía en sepia hace que ninguna de las figuras esté singularizada. Al contrario, todas se confunden en la multitud, queriendo representar que el colectivo humano es arrastrado hacia algo más importante que el individuo. Según cuenta el propio artista: 

«Por aquel entonces se reunía la Junta Democrática de España en la clandestinidad. Yo no formaba parte de ella, pero me pidieron si podía pintar un cartel pidiendo la libertad, la amnistía de los presos políticos. Eras los últimos coletazos de la dictadura, recién muerto Franco y con el gobierno de Arias Navarro vigente. Celebramos una reunión en mi estudio y les dije que miraran los cuadros que ya estaban pintados, para ver si les servía alguno. Pensé en uno que mostraba unos puños tras unos barrotes, pero quizá era demasiado evidente […] Entonces alguien que asistía a la reunión se fijó en una obra mía que yo llamaba ‘El Abrazo’ y comentó que podría convertirse en cartel dada la premura de tiempo que había. Así fue. A todos nos pareció una idea estupenda.»

La citada Junta Democrática fue una asociación política que luchó por la instauración de derechos y libertades, la convocatoria de elecciones y la amnistía de los presos políticos durante los últimos años del Franquismo y los primeros de la democracia. Pero el gobierno de Arias Navarro lo consideró un grupo revolucionario y no sólo destruyó todos los carteles que se imprimieron con la imagen del abrazo, sino que además encarceló a Juan Genovés durante una semana por haber colaborado en la distribución de propaganda subversiva. «Cualquier joven que no haya vivido en aquella época ni se imagina que uno pudiera ir a la cárcel por pintar unas personas abrazándose, pero así era» confesó Genovés en una entrevista posterior.
La idea del abrazo ha estado bastante presente en el arte español contemporáneo. Se utilizó en un grupo escultórico existente en la base del Monumento a Alfonso XII, en el Parque del Retiro, en el cual un soldado carlista y otro liberal se abrazan para formar una alegoría de la pacificación de España. Aquella escultura, obra de Miguel Blay Fábregas, se inspiró a su vez en una nutrida colección de grabados decimonónicos, que representaban el famoso «Abrazo de Vergara» entre los generales Espartero y Maroto, que puso fin a la Primera Guerra Carlista en 1839.
La versión en lienzo de la obra de Genovés se vendió en Nueva York a finales de la década de los setenta. En 1980, el gobierno de Adolfo Suárez desarrolló las gestiones necesarias para recomprarlo. A pesar de la enconada oposición de algunos sectores reaccionarios, finalmente regresó a España y fue exhibido en Museo Español de Arte Contemporáneo. Tras la disolución de ese museo, en 1988, el cuadro pasó al Reina Sofía donde, sin embargo, no ha sido expuesto públicamente más que en contadas ocasiones por falta de voluntad política.
En el año 2003, a petición del sindicato Comisiones Obreras, el propio Genovés realizó una escultura en bronce inspirada en su obra, para ser colocada en la calle de Antón Martín, en Madrid. Su objetivo era homenajear a los abogados laboralistas asesinados por un comando de la ultraderecha en la vecina calle de Atocha, el 24 de enero de 1977. Resulta que el cartel Amnistía de la Junta Democrática estaba colgado en una pared del despacho de aquellos abogados y se manchó de sangre cuando se produjo el atentado. A raíz de aquello, la imagen adquirió una nueva dimensión, según explicó el artista:

«Para mí, ese cuadro ya no me pertenece; su imagen pertenece ahora a todo el mundo. Lo que está claro es que la pintura en cuestión se convierte en un símbolo para toda España. Este símbolo es de las fuerzas políticas de la izquierda de este país. Siempre me gustó que su espíritu estuviera en la calle, por lo que la pintura ‘Amnistía’ pasó a la pintura ‘El Abrazo’ en la plaza de Antón Martín […] El Ayuntamiento de Madrid de Álvarez del Manzano dijo sí y hoy la escultura está en Antón Martín. En su emplazamiento influyó la postura mantenida por la oposición y la actitud de CC.OO.»

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viernes, 19 de junio de 2015

EL VALLE DE YOSEMITE

Aprovechando que ayer se publicaba la encíclica del Papa Francisco sobre el medio ambiente, merece la pena recordar la importante aportación que los pintores paisajistas del siglo XIX realizaron para la valoración de la naturaleza. Su actitud de profundo respeto, casi más bien de veneración, hacia el paisaje contribuyó a la gestación de una conciencia conservacionista en la sociedad que ha perdurado con mayor o menor fortuna hasta el día de hoy. Esta conciencia se desarrolló especialmente en aquellos países que por entonces aún guardaban espacios naturales vírgenes, apenas explorados por el hombre, como los Estados Unidos de América. La belleza de aquellos lugares, difundida por un buen número de artistas, hizo ver la necesidad de compaginar el respeto al medio ambiente con el progreso económico de la sociedad contemporánea.
A mediados del siglo XIX, los Estados Unidos se encontraban aún en el proceso de expansión territorial que les llevaría hasta la costa Oeste. Sólo algunos pioneros se habían aventurado por las sierras de California y Oregón. Entre ellos destacó el naturalista escocés John Muir, quien alertó de la sobreexplotación que empezaba a sufrir la zona como consecuencia de la colonización y la Fiebre del Oro. Muir, junto con el prohombre Galen Clark y el senador John Conness, logró que el presidente Lincoln firmase en 1864 un acta especial de protección para la reserva natural de Yosemite, en California. Esta decisión se convirtió en un precedente para que en 1872 el gobierno federal designara a Yellowstone, en Wyoming, como el primer parque nacional de los Estados Unidos.

 

En este contexto hay que entender la pintura que reproducimos aquí, realizada por Albert Bierstadt en 1865, justo un año después del acta de Lincoln. Se trata de un cuadro de gran formato (162 × 244 cm) que se exhibe en el Birmingham Museum of Art (Alabama), y que representa el Valle de Yosemite al atardecer. La imagen está tomada desde uno de los extremos del valle, con el sol ocultándose tras el acantilado rocoso de El Capitán. El efecto luminoso no sólo sirve para acrecentar la belleza y el lirismo de la escena sino también para permitir que se distinga mejor el perfil en forma de artesa, que delata el origen glaciar del valle. Enfrentado a El Capitán aparecen otras moles graníticas que se recortan sobre el cielo, tachonado de nubes rosadas y anaranjadas. Por su parte, el fondo plano del valle, que se aleja en perspectiva, muestra la rica biodiversidad de las praderas y bosques en torno al río, sobre el cual se refleja la luz a modo de espejo. El resultado conmueve y apabulla al mismo tiempo al espectador, porque le sitúa frente a la inmensidad de una naturaleza salvaje, que es también profundamente armoniosa.
Los recursos estéticos utilizados por Bierstadt entroncan directamente con los conceptos de lo pintoresco y lo sublime, característicos del paisajismo romántico, pero su técnica se asemeja mucho a la de los pintores topográficos que acompañaban las exploraciones científicas de los siglos XVIII y XIX. El artista, de origen alemán, viajó a las Montañas Rocosas en 1859 y a California en 1863, realizando una gran cantidad de dibujos y pinturas que, por su grandiosidad, tuvieron un impacto memorable en la retina de los espectadores. La burguesía acomodada de la Costa Este de los Estados Unidos sentía una gran curiosidad por las maravillas de aquellas tierras desconocidas, y se convirtió en un cliente habitual de la obra de Bierstadt. Éste solía describir en numerosas cartas los mismos paisajes que pintaba, como por ejemplo en este pasaje publicado en el catálogo de la exposición Explorar el Edén. Paisaje Americano del Siglo XIX, que se celebró en el Museo Thyssen de Madrid en el año 2000:

«Las montañas son muy hermosas; vistas desde la llanura se parecen mucho a los Alpes de Berna, una de las cadenas montañosas más espectaculares de Europa, por no decir del mundo. Son formaciones graníticas, igual que las montañas suizas, y sus afiladas crestas, cubiertas de nieve y en las que se ensartan las nubes, forman un decorado del que disfrutaría enormemente contemplándolo cualquier amante del paisaje. Hay muchos elementos de este escenario que nos recuerdan a nuestras montañas de New Hampshire y de Catskill, pero cuando miramos hacia arriba para medir los poderosos cortados que se elevan a cientos de pies por encima de nosotros, todos cubiertos de nieve, nos damos cuenta de que nos hallamos ante una categoría diferente de montañas.»

El comentario incluido en este mismo catálogo hace un paralelismo entre este tipo de textos y la estrategia visual empleada para los cuadros. Como la audiencia no conocía el Oeste americano, el artista intentaba describirlo comparándolo con otros términos familiares; por eso la analogía entre las Rocosas y los Alpes, o incluso las montañas de la Costa Este. Sin embargo, la majestuosidad y espectacularidad de aquellos paisajes los hacía verdaderamente incomparables. Al final de su carrera, Albert Bierstadt se vio superado por el cambio de gusto hacia el impresionismo, y su obra fue criticada por considerarse excesivamente teatral. Murió en Nueva York completamente olvidado, pero su legado sirvió para dar a conocer la belleza de algunos de los más importantes parques naturales de los Estados Unidos, así como la necesidad de conservarlos.

MÁS INFORMACIÓN:
https://www.artsbma.org/january-2014-looking-down-yosemite-valley-california/

Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.