viernes, 23 de diciembre de 2011

EL JUEGO REAL DE UR

La ciudad de Ur, en el actual Irak, fue una de las ciudades más importantes de la antigua civilización de Mesopotamia. Sus ruinas permanecieron ocultas en el desierto de Nasiriya hasta que comenzaron a ser excavadas en la década de 1920 por el arqueólogo inglés Leonard Woolley. Los trabajos se prologaron hasta el año 1934 y fueron especialmente fructíferos en un área conocida como el Cementerio Real. Allí fue encontrada una serie de dieciséis sepulturas a las que se denominó las Tumbas Reales de Ur, por considerar que pertenecieron a reyes sumerios del período protodinástico, datado entre el 2600 y el 2300 a. C.
La mayor parte de los objetos rescatados de aquellas tumbas reales se conservan hoy en el Museo Británico de Londres. Entre ellos destaca el tablero y las piezas de un juego que se practicó en el antiguo Oriente Medio durante aproximadamente tres mil años, y que hoy se conoce como el Juego Real de Ur o «juego de los 20 cuadrados». Los arqueólogos hallaron ejemplares de este juego en seis de las tumbas reales de Ur. Aquí reproducimos uno de ellos, procedente de la tumba PG513. Se compone de un tablero de madera con incrustaciones de concha, piedra caliza y lapislázuli, junto con varios tipos de fichas y dados. El tablero está formado por dos piezas de doce y seis casillas respectivamente, unidas por un puente de dos casillas de largo. Todas las casillas aparecen decoradas con series de puntos, cuadrados, círculos concéntricos y ojos de la buena suerte, siguiendo una disposición simétrica. Un elemento común en todos los tableros de juego es la existencia de cinco casillas especiales, marcadas con rosetas, que aparecen siempre en la misma localización: dos en las esquinas de la izquierda, una en el centro y otras dos en las casillas inmediatamente anteriores a las esquinas de la derecha.
Las fichas del juego son pequeños discos de concha y lapislázuli que podían quedar sin decorar o, como en este caso, motearse con cinco puntos. Para mover las fichas se utilizaban distintos tipos de dados. Los tetraedros eran menos comunes que los de forma piramidal o los bastoncillos. La puntuación, en cualquiera de los casos, venía dada por los dibujos que aparecían en el vértice de los dados: los círculos concéntricos marcaban uno, dos y tres mientras que las cruces daban la posibilidad de avanzar cuatro casillas.
Las reglas del Juego Real de Ur no se conocen con exactitud pero la mayoría de los estudiosos encuentran ciertas similitudes con las del backgammon y las del senet egipcio. Según una tablilla del siglo II a. C., que se conserva en el mismo Museo Británico, parece que se trataba de una carrera entre dos jugadores que debían tirar un dado, con el objetivo de mover siete fichas idénticas cada uno. La ruta que hacían las fichas por el tablero es un tema bastante discutido. Una hipótesis es que cada jugador comenzaba por una de las casillas marcadas con rosetas en la esquina izquierda, recorrían separados las cuatro casillas de las filas de los extremos, luego pasaban el puente y giraban en redondo, pasando por las seis casillas de la segunda pieza, para embocar de vuelta la fila central hasta llegar al extremo izquierdo, donde estaba la meta. Este recorrido hacía un total de veinte casillas, lo que explicaría el nombre del juego.
Otra hipótesis es la que muestra el esquema que reproducimos aquí, adaptado de los paneles informativos que hay en el Museo Británico. Según este esquema, la entrada de las fichas tenía lugar por el cuarto cuadro de las filas de los extremos. Al igual que en el caso anterior, un jugador entraba por la fila superior y el otro por la inferior. A partir de la entrada, las fichas debían seguir hacia la izquierda, hasta alcanzar la esquina. Entonces giraban a la fila central y viajaban a lo largo de ella hacia la derecha. Cuando llegaban al último cuadro de esa fila, giraban hacia la fila desde la que comenzaron y salían del tablero por la casilla marcada con la última roseta. Esto hacía un camino bastante más rápido, de sólo catorce casillas, aunque también es posible que hubiera versiones más largas del juego que obligarían a desandar todo el camino recorrido para volver al punto de partida.
En cuanto a la función que tenían las casillas con rosetas, no está clara. Podrían ser seguros donde una ficha no podía ser capturada pero también podrían servir para conseguir una tirada extra o para enviar a una ficha de vuelta al comienzo. El hecho es que se sitúan cada cuatro casillas, lo que sugiere que el número cuatro era especialmente importante en el juego. Esta idea parece corroborada por la dificultad de obtener un cuatro con el tipo de dados que se utilizaban. Sea como fuere, este objeto constituye el testimonio material más antiguo de una de las actividades más singulares de la naturaleza humana, el juego.

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miércoles, 23 de noviembre de 2011

EL PANTOCRATOR DE MOARVES DE OJEDA

A pesar de su sencillez arquitectónica, la iglesia de Moarves de Ojeda es uno de los monumentos románicos más impresionantes de Castilla y León. Según los lingüistas, el nombre de Moarves deriva de «moharabes» o «mozárabes», en alusión a las gentes que lo habitaron antes de que toda esta comarca fuera repoblada en el siglo X por cristianos venidos del norte. En la segunda mitad del siglo XII se construyó un pequeño templo dedicado a San Juan Bautista, del que destaca su portada principal y un espectacular friso escultórico que decora la fachada meridional, fechado en torno al año 1185.
No conocemos la identidad del escultor pero su estilo sigue con claridad el del artista coetáneo que realizó el grandioso friso y portada de la iglesia de Carrión de los Condes, también en Palencia. Los especialistas suelen valorar como superior el conjunto carrionés, aunque ambos comparten la monumentalidad y el virtuosismo característicos de la plástica tardorrománica, que en aquel momento comenzó a abandonar su primitiva tendencia a la abstracción para avanzar hacia un progresivo naturalismo. En los dos casos la figura central de Cristo está mucho más lograda que las efigies laterales, que siguen siendo rígidas y poco realistas. Es en los pliegues de las ropas, quizá excesivamente multiplicados por el uso del trépano, y en particular en el rostro, la barba y el cabello de Cristo, donde los escultores alcanzaron las mayores cotas de perfección. Tanto es así que resulta difícil encontrar fuentes de inspiración próximas, dentro del mismo arte románico. Por eso la bibliografía cita repetidamente la estatuaria griega clásica como el único sitio donde puede encontrarse un sentido del volumen y un tratamiento plástico semejantes.

























Desde el punto de vista iconográfico, el conjunto sigue una composición bastante habitual, denominada «Maiestas Domini» o majestad del Señor. En el centro está la figura sedente de Cristo, circunscrita en una mandorla o almendra mística. Se muestra con una mano alzada en actitud de juzgar mientras sostiene en la otra mano el libro de la Sagrada Escritura. Por esta actitud, la figura de Cristo en majestad es también conocida como «Pantocrátor», en referencia a su poder sobre todas las cosas. La mandorla está flanqueada por cuatro figuras que forman lo que se llama un «Tetramorfos», con el fin de representar a los cuatro Evangelistas: San Mateo como un ángel, San Juan como un águila, San Lucas como un buey y San Marcos como un león. Aunque la atribución de cada animal a cada evangelista está relacionada con determinadas características de los evangelios, el tema iconográfico está inspirado de una visión celestial descrita en el libro del Apocalipsis, 4, 2-7, que dice lo siguiente:

«En ese momento se apoderó de mi el Espíritu y estuve contemplando esto. En el Cielo había un trono colocado y en el trono Alguien estaba sentado […] Del trono salen relámpagos, voces y truenos […] A los cuatro lados del trono permanecen cuatro vivientes llenos de ojos, por delante y por detrás. El primer viviente se parece a un león, el segundo a un toro, el tercero tiene cara como de hombre, y el cuarto es como un águila en pleno vuelo.»

Por último, la serie de esculturas dispuestas horizontalmente a cada lado representa a los doce apóstoles. Como es habitual, portan diversos atributos iconográficos que los identifican, como libros, filacterias o cruces. Todas estas figuras son de menor tamaño que la del Cristo central con la intención de expresar una relación de jerarquía que se da no sólo en la historia evangélica sino también en la misma estructura de la Iglesia. Su factura técnica es mucho más modesta que la del grupo central, aunque tratan de mostrar cierto dinamismo alterando la posición de las cabezas, girando el tronco levemente o cruzando las piernas, como las dos figuras que se encuentran más próximas a Cristo, al que parecen dirigirse.


jueves, 10 de noviembre de 2011

MOSAICO DE AQUILES Y PENTESILEA

El mosaico romano de Aquiles y Pentesilea es una de las joyas del Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid, localizado en Alcalá de Henares. Este mosaico cubría el suelo de la habitación principal de una domus o casa aristocrática de Complutum. Está fechado en el siglo IV d. C. y destaca no sólo por su tamaño (10,1 x 7,2 m) sino por la extraordinaria calidad de su diseño. A pesar de que algunas partes han llegado hasta nosotros casi borradas, su estado de conservación es excelente gracias a la pericia mostrada por los arqueólogos y conservadores que lo salvaron de su destrucción en la década de 1970, cuando la especulación urbanística destruyó la mayor parte de la antigua ciudad romana de Complutum. Por aquel entonces, el mosaico tuvo que ser cuidadosamente extraído, recolocado sobre un nuevo soporte y consolidado para su exposición museística, lo cual no deja de ser un verdadero milagro.
En el mosaico pueden distinguirse dos partes: la primera es una banda de enlace de dibujo geométrico, que rodea el campo principal y que servía de conexión con los muros de la habitación; la segunda es el campo propiamente dicho, que consiste en un espacio rectangular donde se inserta la composición, formada por una escena central de tema mitológico, en torno a la cual aparecen otros elementos, encerrados en casetones que se disponen en sentido diagonal. Algunos de estos elementos son animales fantásticos, dioses, alegorías, además de una figura vestida con toga, que probablemente sea el dueño de la casa, es decir, el mecenas que encargó y financió la realización del mosaico.
La mitología siempre ha sido uno de los temas artísticos favoritos de la aristocracia para reflejar su prestigio y poder. Durante la época imperial, la cultura griega tuvo una gran ascendencia sobre el mundo romano, porque se consideraba más importante y refinada. Así por ejemplo era frecuente que la educación de los hijos de la nobleza se confiara a maestros de origen griego. Por consiguiente, la representación de un tema heroico inspirado en la mitología cumplía con creces el anhelo de distinción social del propietario de la casa donde se colocó este mosaico.
La escena central representa concretamente un episodio de la vida del héroe griego Aquiles. Aquiles era hijo de la nereida Tetis y de Peleo, rey de los mirmidones. Cuando todavía era un bebé, Tetis sujetó a Aquiles del talón y lo sumergió en la Laguna Estigia con el fin de hacerle inmortal. El talón por donde fue agarrado quedó fuera del agua y se convirtió en su único punto vulnerable. A pesar de ello, Aquiles llegó a ser un guerrero invencible que combatió del lado de los aqueos en la Guerra de Troya, derrotando entre otros al príncipe Héctor. Finalmente fue muerto por una flecha lanzada por Paris, que el dios Apolo dirigió hacia su talón. De este suceso, narrado por Homero en la Ilíada, ha quedado la expresión «talón de Aquiles» para referirse el punto más débil de una persona.
El enfrentamiento de Aquiles contra Pentesilea también se enmarca en el contexto de la Guerra de Troya. Pentesilea, hija de Ares y Otrera, era la reina de las Amazonas, un grupo de mujeres guerreras que luchaban a caballo con una valentía y destreza insuperables. Según diversas fuentes clásicas (Helánico, Diodoro Sículo, Apolodoro, Quinto de Esmirna) tras la muerte de Héctor, Pentesilea acudió en ayuda de los troyanos junto con otras doce amazonas. En mitad de una cruenta batalla, Aquiles la derribó del caballo y la abatió atravesando su pecho con una lanza, exactamente como aparece representado en la escena del mosaico complutense. Aquiles se acercó a ella mientras agonizaba y quedó conmovido por su sufrimiento, y por su extraordinaria belleza y juventud. Entonces lloró amargamente su cadáver y se enfureció con los soldados griegos que se burlaban, matando a uno de ellos. Según algunas versiones, Aquiles enterró el cuerpo de la amazona en las orillas del río Escamandro y le rindió homenaje. Se trata, pues, de una historia épica que ennoblece al héroe griego enamorado de su víctima en el momento de darle muerte, y que por tal motivo llora después su pérdida.


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Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.