El retrato del infante Carlos, futuro Carlos III, fue pintado por el francés Michel‑Ange Houasse a poco de llegar Madrid para trabajar como pintor de cámara de Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio. Por la edad del retratado, cuando contaba apenas seis meses de edad, constituye una de las imágenes más sugerentes de la iconografía borbónica en los primeros años de esta dinastía en España. Inicialmente, el lienzo fue atribuido a otro pintor francés, Jean Ranc. Sin embargo, los historiadores del arte lo han incluido recientemente en el catálogo de Houasse, al identificarlo con una imagen realizada entre junio y julio de 1716, que era conocida por fuentes escritas
La obra es un
óleo sobre lienzo procedente de una colección particular. Representa al infante
como un bebé sentado sobre un lujoso cojín de terciopelo carmesí y rodeado de
objetos que construyen un discurso simbólico sobre la abundancia, la
continuidad dinástica y la educación moral del heredero. El niño sostiene un
racimo de uvas, un motivo vinculado tanto a la fertilidad como a la dulzura de
la infancia, y acaricia un perrito, símbolo de fidelidad que refuerza la virtud
principesca. A sus pies hay una cinta azul de la que cuelga una joya alusiva a la
Orden del Espíritu Santo, y una manzana que representa la prosperidad o la
abundancia como augurio de un feliz reinado. Más llamativa es la cesta de
frutas de la derecha, donde vuelve a haber uvas y una manzana, que refuerzan el
mensaje anterior, y un loro que aporta un matiz exótico. El pájaro hace referencia,
por un lado, al interés de la época por el conocimiento de otros mundos, y por
otro, a los dominios de la monarquía española en América. El fondo es un suntuoso cortinaje que da empaque a la composición, aunque a la izquierda se
abre un paisaje, que recuerda a la sierra de Madrid. Este paisaje proporciona un
entorno idealizado, que trasciende lo doméstico para proyectar la imagen del
príncipe hacia su futuro papel político.
El retrato no
solo documenta la imagen de un bebé que llegaría a ser uno de los monarcas ilustrados
más importantes del siglo XVIII, sino que además refleja la sofisticada cultura
visual de la corte borbónica en sus primeras décadas en España. A pesar de
ello, la reina Isabel de Farnesio no quedó contenta con los retratos que
Houasse hizo de la familia real, porque seguía unos modelos que ya resultaban
anticuados para la nueva dinastía y porque no conseguía plasmar el parecido de
los efigiados, según desveló en una carta a su madre.
