Representa una
mano con los dedos anular y meñique doblados, lo que en el mundo romano constituía
un gesto de bendición. Está decorado con motivos iconográficos en relieve,
siendo la figura principal el dios Sabazios, que se alza sobre una cabeza de
carnero en el centro, ataviado con un gorro frigio. A la izquierda sobresale
una serpiente, símbolo de la renovación cíclica de la vida, y en la parte
inferior hay una mujer amamantando un niño dentro de una cueva. Ambas figuras coinciden
en encarnar la fertilidad y el poder regenerador.
Este tipo de objetos
solían utilizarse como estandartes en las procesiones y ritos dedicados a
Sabazios, una divinidad redentora venerada por pueblos tracios y frigios, que los
romanos asimilaron a otros dioses propios como Baco, por su carácter extático, o
Júpiter, por creerlo dominador del cielo. Los rituales asociados a Sabazios se
consideraban mistéricos, es decir, reservados exclusivamente a iniciados, y tenían
como objetivo la purificación y la bendición con ramos, serpientes y símbolos
mágicos.
La presencia
de objetos arqueológicos vinculados a este dios en la Península Ibérica es algo
menor que en otros puntos del Mediterráneo. En Ampurias, en el entorno de
Tarraco y en la Bética se han hallado manos votivas como esta, pequeñas
figurillas metálicas con símbolos sabazianos, amuletos con serpientes, piñas y
otras piezas diversas. Sin embargo, en Hispania no llegó a desarrollarse un
culto organizado a gran escala, como sí sucedió con otras divinidades
orientales, así que estos ejemplos parecen más bien ligados a pequeños grupos
de soldados, mercaderes, marineros o libertos de origen oriental.
